¿Por qué las mujeres tardan 16 minutos más en identificar un infarto?

Cuatro y media de la tarde. Elvira termina al fin de recoger su casa. Más cansada de lo normal, se siente mareada, así que decide asomarse a la terraza para que el aire le despeje. Pero el frescor del exterior no surte efecto, y con temor a precipitarse por la barandilla, se sienta en el sofá del salón con las ventanas abiertas. El mareo se convierte en un desfallecimiento, y cuando Elvira vuelve en sí, empieza a vomitar. Había tenido un infarto.

“Yo pensé que era un ataque de ansiedad”, cuenta ella en la consulta de cardiología del Hospital Clínico San Carlos de Madrid. “Mi sorpresa fue cuando llegaron los del 112 y me dijeron que tenía un infarto muy grande y que me tenían que ingresar. Yo no tuve síntomas ni de dolor de pecho, ni de asfixia, ni de dolor de brazo, absolutamente nada. Lo único que sentí fueron los mareos y después, los vómitos”. Como Elvira, la mayoría de las mujeres que sufren ataques al corazón no son capaces de identificarlo como tal. Hasta diez mil mujeres más que hombres mueren por enfermedades cardiovasculares, convirtiéndose en la causa número uno de mortalidad en el género femenino.

“Con frecuencia, el diagnóstico en mujeres con enfermedades cardiovasculares es erróneo o tardío porque los síntomas son atípicos, no son los clásicos que se describen muy bien fundamentalmente en el hombre”, explica el doctor Carlos Macaya, presidente de la Fundación Española del Corazón y jefe de servicio de Cardiología de este mismo hospital. Al igual que en el caso de Elvira, es común que la enferma y su entorno reconozcan los síntomas como un ataque de ansiedad, le resten importancia y acudan con más lentitud al centro sanitario. Según datos del registro del Observatorio Regional Bretón sobre el Infarto de miocardio (ORBI), las mujeres tardan 60 minutos desde que perciben los primeros síntomas hasta que piden asistencia médica, frente a los 44 minutos de los hombres.

Señales de un infarto femenino

Presión incómoda en el pecho, sensación de dolor en el centro del pecho que puede durar unos minutos, o bien desaparecer y volver a aparecer.

Dolor en uno o ambos brazos, en la espalda, el cuello, mandíbula o estómago.

Falta de aire, acompañada o no de dolor en el pecho.

Otros signos como sudor frío, náuseas o mareo.

Al igual que en los hombres, el síntoma de infarto más común entre las mujeres es el dolor de pecho o malestar. La diferencia es que, en el caso de las mujeres, existe mayor tendencia a experimentar otros de los síntomas comunes, en particular falta de aire, náuseas, vómitos y dolor de espalda o mandíbula.

La información pertenece a la campaña  Mujeres por el corazón.

Este retraso influye también en la medicación que reciben: “Si diagnosticamos tarde, el tratamiento que vamos a aplicar va a ser menos efectivo que si el diagnóstico es mucho más precoz”, apunta el doctor Macaya. En las enfermedades del corazón el tiempo es crucial: es necesario instaurar un tratamiento de forma inmediata para que surta el mejor efecto. “Las mujeres en ese sentido no son discriminadas”, señala el doctor. Pero lo cierto es que estas consecuencias, a veces mortales, son derivadas de la asunción de que los únicos síntomas del infarto que existen son los propios de los hombres. Peor: provienen del total desconocimiento por parte de la población de la diferencia sintomática entre el género masculino y el femenino.

“No tiene sentido, ¿por qué va a ser típico el patrón de referencia del hombre? Simplemente hay patrones distintos”, opina Rosario López, profesora de Salud y Género en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. También imparte la asignatura de Metodología de investigación, desde donde ha observado la predominancia de la perspectiva masculina en este campo. “Cuando se intenta esclarecer una enfermedad, establecer el diagnóstico, el patrón de referencia es el hombre. Esto hace que la mujer sea invisible, y puede que a la hora de establecer los síntomas de una enfermedad se produzcan errores”, explica. Los patrones de referencia son grupos de personas en los cuales se analizan los tratamientos farmacéuticos. Mayoritariamente, estos grupos están compuestos por hombres porque son más estables: no tienen alteraciones hormonales, ni ciclos cada mes, ni la menopausia. Además, socialmente suelen asumir menos cargas parentales y del hogar, por lo que son más dados a participar en estas investigaciones. En Estados Unidos, no fue hasta 1993 que la FDA (Administración de Fármacos y Alimentos, de sus siglas en inglés) incluyó en sus estudios a las mujeres en edad fértil.

Cuesta imaginar que en una carrera donde el 74% de las estudiantes son mujeres, todavía se enseñe la sintomatología de algunas enfermedades desde el punto de vista masculino. Son precisamente las doctoras de la Fundación Española del Corazón quienes han creado un grupo de Cardiología del Hospital San Carlos para resolver y tratar esta lacra, tanto desde el punto de vista de investigación científica, como desde los aspectos sociales. Pero el doctor Macaya advierte: “Este grupo no es un grupo único y exclusivo de mujeres: no se puede ni se debe hacer esto, que sean solo las mujeres las que traten este problema, lo debe hacer toda la comunidad, en concreto la comunidad cardiológica”. La Fundación Pro CNIC, la Fundación Mapfre y la Consejería de Madrid ya se han puesto manos a la obra lanzando la campaña Mujeres por el Corazón, con el objetivo de sensibilizar a la ciudadanía y a las mujeres para que sean capaces de reconocer los síntomas de las enfermedades cardiovasculares.

Pero aún queda mucho por hacer. Todavía no existe una normativa en ningún continente que obligue a incluir grupos equilibrados entre mujeres y hombres en los ensayos clínicos. La mayoría de los puestos directivos dentro de hospitales los siguen ocupando hombres. Las mujeres aún tienen dificultades para liberarse de la carga doméstica, que también pesa sobre su salud. Las campañas de concienciación son solo el primer paso para alcanzar una sociedad verdaderamente igualitaria. 

Los niños que dejan de mirar a sus padres

Un día de febrero de 2008, el artista inglés Stephen Wiltshire sobrevoló Madrid en helicóptero durante media hora. Un par de días después, dibujó la ciudad entera en un lienzo gigante. De memoria. Otro día de 1964, un chico estadounidense de 14 años, Leslie Lemke, escuchó en la televisión por primera vez el Concierto para piano número 1 de Chaikovski. Se levantó, se sentó ante un teclado y tocó la pieza como si fuera el compositor ruso en vez de un chaval ciego que no había recibido una clase de música en su vida. Y, el próximo 26 de marzo, el divulgador inglés Daniel Tammet explicará en una charla en Barcelona cómo puede recitar de memoria 22.500 decimales del número pi, entre otras proezas matemáticas.

Los tres hombres tienen habilidades savant, un síndrome habitualmente relacionado con el autismo. Uno de cada 68 niños nace con un trastorno del espectro autista, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE UU, pero solo un 10% de ellos desarrollan capacidades extraordinarias como la memoria fotográfica y el oído absoluto. Un nuevo libro, El niño al que se le olvidó cómo mirar, ofrece ahora casi 300 páginas de información para “comprender y afrontar el autismo”, más allá de la caricatura implantada en la sociedad.

“Creo que los medios de comunicación, aunque han ayudado a dar a conocer los trastornos del espectro autista, también han hecho mucho daño, porque la imagen que suelen transmitir de nosotros está distorsionada, es sensacionalista y nos muestra como bichos raros. Cuando una persona ajena a este mundo oye la palabra autismo solo se imagina a Rain Man o a Sheldon Cooper, el de la serie de The Big Bang Theory”, lamenta en el libro Lucas, un chico de 28 años que prepara su tesis doctoral sobre geometría fractal. A los 12 años le dijeron que tenía síndrome de Asperger, un trastorno del espectro autista.

“Las personas con autismo quieren intensamente como el resto de personas”, subrayan los psicólogos Juan Martos y María Llorente

“No es justo. Por eso la gente se espera que tengamos superhabilidades, como saber cuántas cerillas se han caído de una caja (es una escena de la película Rain Man), o que seamos verdaderos genios superdotados como Sheldon. Y la verdad es que, en la mayoría de los casos, no somos ni una cosa ni la otra”, prosigue Lucas.

El niño al que se le olvidó cómo mirar, escrito por los psicólogos Juan Martos y María Llorente, derrumba algunos de los mitos sobre el autismo a través de multitud de anécdotas personales. Por ejemplo, tumban la idea errónea de que los autistas no muestran empatía ni afecto por nadie. “Las personas con autismo se emocionan como todos los demás, quieren intensamente como el resto de personas y les duelen las ofensas y los ataques personales como a todo el mundo”, escriben. Puede que los autistas manifiesten las emociones “de una forma poco convencional”, pero sus sentimientos están ahí, recalcan los autores.

Otro de los mitos que Martos y Llorente intentan derribar es el que sostiene que las personas con autismo son incapaces de aprender y no pueden estar escolarizadas en centros de educación ordinarios. Todos, remarcan los psicólogos, aprenden y progresan, independientemente de su capacidad intelectual, cada uno a su ritmo. “Todos, sin excepción, deberían tener la oportunidad de desenvolverse en entornos educativos normalizados contando, por supuesto, con la ayuda y los apoyos necesarios”.

“Todos, sin excepción, deberían tener la oportunidad de desenvolverse en entornos educativos normalizados”, sostienen los autores

El volumen, editado por La Esfera de los Libros, muestra la enorme variabilidad que existe entre una persona con autismo y otra. ¿Qué tienen en común el aclamado divulgador inglés Daniel Tammet y un chico en el que el trastorno aparece asociado a una discapacidad intelectual devastadora?

“Las evidencias científicas que se han ido acumulando a lo largo de estos años son contundentes: con el autismo se nace y es de causa genética”, explican Martos y Llorente, psicólogos del centro especializado Deletrea, en Madrid. Cientos de genes podrían estar implicados. Los fallos genéticos cambian el desarrollo típico del cerebro y hacen que no se establezcan de manera adecuada los circuitos cerebrales que facilitan la comunicación social.

“La característica central, nuclear, del trastorno es precisamente una alteración cualitativa en las capacidades de relación interpersonal”, subrayan los autores. En 1943, el psiquiatra estadounidense Leo Kanner expuso una serie de casos de niños con una falta de habilidad para relacionarse con los demás. Y los describió con una voz griega que significa “en sí mismo”: autismo. En 1944, el psiquiatra austriaco Hans Asperger usó el mismo término en los casos de cuatro niños con buenas competencias intelectuales, pero dificultad en las relaciones sociales.

El libro ‘El niño al que se le olvidó cómo mirar’ cuenta la historia de Iván, un crío que dejó de dirigir su mirada a su madre

El libro de Martos y Llorente rememora el caso de Iván, un bebé que durante su primer año de vida miraba con sus ojos expresivos a su madre, reía a carcajadas cuando jugaba con ella y balbuceaba como respuesta cuando le hablaba. Sin embargo, en torno a los 15 meses dejó de mirarla. Las primeras palabras que ya se adivinaban en su boca desaparecieron. “A los 18 meses prefería mirar la sombra que proyectaban los objetos antes que mirarla a ella”, recuerdan los expertos.

La historia de Iván —con un año de desarrollo aparentemente normal, seguido de un estancamiento e incluso de una marcha atrás— es “una historia común que se repite en la mayoría de los cuadros de autismo”, según los autores. Es el llamado enigma del autismo. ¿Qué ocurre en el cerebro de los niños en esos primeros meses de vida? La ciencia todavía busca una respuesta.

El psicólogo Juan Martos fue durante 25 años director del centro Leo Kanner de la Asociación de Padres de Personas con Autismo, en Madrid. Trabajó codo con codo con Ángel Rivière, otro especialista en autismo de prestigio internacional, fallecido en 2000. En El niño al que se le olvidó cómo mirar, Martos y Llorente hacen un llamamiento para reconocer el autismo como “una expresión de neurodiversidad”, en lugar de como un error de la naturaleza.

“Neurodiversidad es también habernos dado cuenta de la efectividad con la que muchas personas con autismo pueden desempeñar empleos, por ejemplo, en el ámbito de la tecnología, con una efectividad de logros muy alta”, afirman los psicólogos.

Las personas con autismo no solo aprenden, sino que enseñan, según destacan Martos y Llorente. “Nos enseñan cómo, por su autismo, tienen unas virtudes que todos deberíamos valorar. Son sinceros, lo que dicen es lo que piensan, sin dobleces ni intenciones ocultas. Tienen un gran sentido de la justicia y no juzgan ni atribuyen motivos ni segundos propósitos a nadie”, apuntan los autores. “Trabajar con ellos te hace cuestionar algunos aspectos de nuestra forma de ser: es la transparencia absoluta de unos frente a la habitual simulación e incluso cierta hipocresía de otros”.

En el pavo no hay solo pavo: qué mirar en la etiqueta del paquete de embutidos para elegir el mejor

“Depende del producto que sea, nos podemos fijar en varias cosas”, señala Miguel: “En el queso para pizzas, hay que indagar en el nivel de grasas y su origen. Habitualmente, se le añaden grasas de origen animal, porque no debemos olvidar que es un derivado lácteo, pero en algunas ocasiones llevan otra mezcla de productos que no provienen de las grasas animales. Eso sí es importante y hay que fijarse [y evitarlas]. Sin olvidarnos, además, de su alto contenido en azúcares”. Otro ingrediente que puede llamarnos la atención es la fécula de patata ¿Tiene sentido encontrarla en un queso rallado? En realidad, sí, porque es un antiapelmazante que se utiliza como espesante en las cremas y purés, o como antiadherente en masas o pastas para estirar y dar forma –como ocurre en este caso–. Las féculas que proceden de trigo, maíz, arroz o patata son a priori, según la científica, más saludables que los aditivos químicos.

El imperio de las ambulancias

El Grupo Ambuibérica, dedicado al transporte sanitario, nació en 1982. Treinta y seis años después, la empresa declaró una cifra de negocios de 81 millones de euros en España, da trabajo a unas 4.000 personas y dispone de una flota de unas 2.000 ambulancias. La empresa está dirigida por Carlos Magdaleno. Nacido el 22 de noviembre de 1963, el mismo día en el que fue asesinado John Fitzgerald Kennedy, este hombre se contagió del espíritu emprendedor de su familia siendo niño. “Mi padre era el mayor de 21 hermanos. Teníamos un taller mecánico, con dos taxis y una grúa en Mayorga (Valladolid) donde estudié hasta el instituto”, recuerda. Con respecto al primer contacto de Magdaleno con el mundo de la ambulancia, fue peculiar: durante el servicio militar fue voluntario en la Cruz Roja. “Fue entonces cuando les dije a mis padres y a mis hermanos que las ambulancias podían ser un negocio de futuro. Así que compramos una; luego tres; más tarde cinco; y así hasta ahora”.

Que Magdaleno sea el presidente de Ambuibérica no es ninguna casualidad. “Reconozco que siempre he tenido un poco alma de líder, lo que ha hecho que siempre haya encabezado los proyectos en los que he estado”, confiesa. Ambuibérica no ha sido una excepción. “Nuestra empresa familiar era pequeñita y pensé que era una debilidad quedarnos sólo en el pueblo”. Por esta razón, este emprendedor puso en marcha una UTE (unión temporal de empresas) con todas las compañías de ambulancias de la provincia de Valladolid. “Yo planteé el proyecto y yo lo lideré”, explica.

Ambuibérica, controlada por el fondo Proa Capital, es líder de su sector en España. Sin embargo, la crisis dejó al descubierto el talón de Aquiles de la organización, que consiste en que casi todos sus ingresos proceden de la Administración pública. “La crisis en nuestro sector continúa. Entramos más tarde en ella pero también vamos a salir más tarde. Esto representa para nosotros un problema añadido, ya que nuestros trabajadores están recibiendo un mensaje contradictorio. Por una parte, leen en todos los medios que hemos salido de la crisis. Por otro parte, saben, como sabemos todos, que la Administración sigue teniendo dificultades para recaudar dinero”, reflexiona Magdaleno. La crisis ha acarreado a la empresa un duro enfrentamiento con sus trabajadores por una subida salarial.

El grupo nació en 1982 como una unión de empresas del sector en Castilla y León

Magdaleno defiende que el futuro de la compañía pasa por la internacionalización y búsqueda de nuevas vías de ingresos. “Los gestores de todas las compañías tenemos la obligación de hacerlas más seguras frente a los vaivenes de la economía. Una gran empresa no puede depender de uno, dos o tres clientes, que es lo que les pasa a muchas firmas que trabajan casi en exclusiva para la Administración pública. Teníamos que diversificar y fuimos a América Latina, empezando por Brasil y Perú”.

Así pues, Ambuibérica comenzó a abrir bases en diferentes países de América del Sur con dos fórmulas de negocios: “Nuestro modelo ideal es encontrar una compañía que sepan hacer bien las cosas, que sea un servicio ya en marcha pero que tengan el problema de necesitar ser más grandes para crecer. En estos casos, nos aportan y aportamos. Sin embargo, esto no es siempre posible. Hay zonas en las que las empresas son pequeñas y, en la mayoría de los casos, piratas sin regular. Cuando esto sucede, nos establecemos por nuestra cuenta”, explica Magdaleno.

En ocasiones, la expansión latinoamericana de Ambuibérica no ha sido bien recibida. Su presencia en nuevos mercados a menudo significa una lluvia de demandas judiciales por empresas de la competencia local y de críticas de los sindicatos. “Llegamos a zonas en las que el servicio de ambulancias está muy atomizado, así que cuando se pronuncia el nombre Ambuibérica todo tiene mucha más repercusión. Lo que más daño nos hace es que se nos asocia a una gran firma que viene a comerse a las pequeñas y medianas. En cambio, jamás nos pueden criticar por nuestro servicio asistencial”, afirma.

Años difíciles

El importe neto de la cifra de negocios del ejercicio 2015, según el Registro Mercantil: 81 millones de euros, lo que supone un descenso del 10% respecto al año precedente.

El resultado de explotación arroja unas pérdidas de 714.600 euros, unos 640.000 euros por debajo de la cifra del año anterior.

El resultado del ejercicio revela unas pérdidas de 1,93 millones de euros, un dato similar al de 2014.

Madre por huevos

En plena polémica por la maternidad de una mujer de 64 años he sabido que Wisdom crió con éxito a los 66. Bueno, puso un huevo y lo saco adelante. Y no se ha montado ningún pollo, y valga la palabra. Wisdom, una hembra de albatros, es el ave en estado salvaje de más edad que se conoce. Se estima que nació en 1951. Lo que habrá visto la tía. Pertenece a la especie de los albatros de Laysan (Phoëbhstria inmutabilis), un tipo pequeño de albatros del Pacífico Norte cuya esperanza de vida es de entre 12 y 40 años. No solo es Wisdomextraordinariamente longeva, como se ve, sino prolífica: ha criado con éxito al menos en 36 ocasiones, siempre en la colonia del Parque Nacional del Refugio de Fauna del Atolón y Memorial de la Batalla de Midway, que ya es sitio.

Los albatros solo ponen un huevo cada vez pero no obstante hay que reconocerle a Wisdom —y así lo ha hecho gente con mucha más autoridad que yo— el haber contribuido a la preservación de una especie cuyo estatus es delicado. En realidad todas las aves marinas experimentan desde los años 50 un alarmante declive, que SEO/ Bird Life calcula en un 70%. Bueno, todas menos Wisdom. Anillada por primera vez en 1956, la albatros ha visto hasta jubilarse a su descubridor, Chandler Robbins. Los albatros son monógamos pero los científicos no creen que Wisdom haya podido poner tantos huevos con una sola pareja, la muy pillina.

Es difícil decir qué aporta la historia de la albatros a la de Mauricia Ibáñez, la madura madre que ha dado luz a mellizos. Pero en uno y otro caso, la vida encuentra la manera de abrirse camino.

 

La Clínica Universidad de Navarra inaugurará hospital y campus en Madrid

Un hospital, dos sedes. Así entiende la Clínica Universidad de Navarra la apertura del hospital en Madrid, prevista para finales de otoño de este año. El comité de dirección y las juntas directivas de los departamentos serán los mismos en Pamplona que en la capital. Los médicos también se dedicarán a investigar, dar clases y a la asistencia médica. La nueva sede pretende conseguir hasta 70 mil consultas el primer año y pondrá un interés particular en el desarrollo de cinco de sus 46 especialidades médicas: Salud de la Mujer, Chequeos, Pediatría, Traumatología y Oncología.

El doctor Jesús San Miguel, director médico de la Clínica Universidad de Navarra, estará encargado de ayudar a los médicos a que diseñen su carrera profesional, “que su carrera sea su proyecto de vida”. “Mi obsesión es que en la medicina no podemos solo vivir de consumir el conocimiento que otros generan sino también generar conocimiento”, señala San Miguel y agrega: “Nunca he visto a Vicente del Bosque meter un gol en la final del mundial, cuando eso ocurre es por un trabajo en equipo. Un médico sin otro médico no puede hacer nada”.

El nuevo hospital estará ubicado en el este de Madrid, entre la Avenida América-A2, el Puente Felipe Juvara y la calle de Marquesado de Santa Marta. Tendrá una superficie total aproximada de 46.000m2, 35.000 de los cuales son de uso hospitalario. El de Pamplona tiene cerca de 80.000 metros cuadrados. Inicialmente, estará dotado de siete quirófanos para cirugía mayor, 60 camas para ingreso hospitalario, siete camas de UCI y otras siete para neonatos. La Clínica Universidad de Navarra es una institución sin ánimo de lucro, donde todos los excedentes deben reinvertirlos en docencia, investigación y asistencia médica. Fuera de Estados Unidos, es el segundo centro acreditado por la Joint Commission International (JCI) más antiguo de todo el mundo.

La empresa Inversiones Tirema pondrá el terreno y la construcción el edificio. La clínica devolverá la inversión a través del régimen de alquiler a largo plazo, cercano a los 20 años. La Clínica Universidad de Navarra invertirá aproximadamente 20 millones de euros en equipamiento que incluye un PET-TAC para diagnóstico por imagen propio de Medicina Nuclear y aceleradores para tratamientos oncológicos, entre otros equipamientos. El policlínico que tiene la universidad en Madrid dejará de existir y los 90 profesionales se trasladarán al nuevo hospital. A ellos se suman alrededor de 400 nuevos profesionales.

La elección de expandirse, se sostiene, según fuentes de la universidad, en la necesidad de ensanchar la base de pacientes. “Somos un hospital universitario, si quieres que los médicos den clases necesitas que ejerzan la docencia con un volumen importante de pacientes. Eso en Pamplona se daba pero necesitaba ensancharse”, afirman. Con el policlínico hace 10 años en la capital ya habían generado un número de pacientes importante que “pedía” otra sede más grande. De hecho, muchos madrileños viajan a Pamplona para operarse en la Clínica Universidad de Navarra. Solo el 35% de los pacientes que atienden en la ciudad norteña son navarros.

El nuevo hospital forma parte de un proyecto mayor que es el futuro campus de la Universidad de Navarra en Madrid. Tendrá dos sedes: el hospital y frente a él un edificio de posgrado y másteres. Está previsto que el campus esté listo en torno a mayo de 2018, con la idea de que comiencen las clases en septiembre de ese año.

Hablando desde las emociones no se entiende la gente

Prolifera el discurso emotivo en detrimento del discurso lógico. Se propaga desde el ámbito privado hacia el foro público, infectando la argumentación racional con, valga el oxímoron, razones emotivas. Empleado a lo largo del espectro ideológico y a lo ancho de la agenda política –desde el aborto hasta la inmigración, pasando por el nacionalismo o la regulación del tabaco–, el discurso emotivo se caracteriza por revestir de razonamiento lo que no es sino una emoción, obviando el análisis crítico ante la –supuesta– aplastante evidencia del sentimiento.

Así sucede, por ejemplo, en el marco del enfrentamiento que suscita la regulación de la gestación subrogada: en un rincón del cuadrilátero, sus detractores lanzan diatribas fundadas en el rechazo visceral y la repulsa, mientras en el rincón opuesto sus partidarios se protegen con almibarados llamamientos al amor y al deseo de ser padres.

Preocupa el andamiaje (i)lógico sobre el que se asientan estos razonamientos, de un reduccionismo alarmante. Su “lógica” opera según la máxima: “siento, luego es cierto”, aun cuando sus defensores proclamen la siguiente: “siento, luego opino”. Y es que la justificación más común de este tipo de discurso es aquella que lo caracteriza como una opinión, dando a entender con ello que, como producto puramente subjetivo del que la enuncia, no precisa de motivaciones. Nada más lejos de la realidad: las opiniones deben estar debidamente fundadas si aspiran a enriquecer el diálogo.

La emoción puede tener cabida en el discurso, no como argumento nuclear sino como uno más a sopesar en nuestro razonamiento

Con esto no pretendo desterrar los sentimientos del discurso. Ello supondría una amputación artificial de una dimensión humana y, por tanto, una forma de reduccionismo muy similar a la que aquí critico. Muy al contrario, la emoción puede tener cabida en el discurso, si bien no como argumento nuclear que reviste una validez cualificada, sino como un elemento más a sopesar en nuestro razonamiento. Volviendo al ejemplo anterior, el rechazo visceral de la gestación subrogada pone de manifiesto los dilemas morales que plantea y, en consecuencia, el especial cuidado con que debe procederse a su regulación. Del mismo modo, el anhelo de ser padre informa el interés por regular esta forma de reproducción asistida.

El discurso emotivo tiene graves consecuencias. En primer lugar, dificulta el diálogo, por lo menos el que aspira a discurrir por derroteros constructivos. Y ello no porque las cuestiones planteadas no sean pertinentes, sino porque la forma en cómo se tratan, de pasada y desde las entrañas, impide abordarlas desde la razón y encauzarlas a través de un discurso lógico. Este nos permitiría detenernos en los vínculos que existen entre dichas cuestiones (por ejemplo, hasta qué punto deben consideraciones éticas guiar el proceso legislativo), desenmascarando los conflictos y tensiones que las gobiernan (otro ejemplo, el derecho al libre desarrollo de la personalidad de los padres puede entrar en conflicto con el derecho a la integridad física de la mujer gestante) y sopesando dónde radica el equilibrio entre ellas en este momento histórico. Así funciona, a grandes rasgos, el proceso legislativo –el diálogo por antonomasia en una sociedad democrática.

No habrá veracidad en el contenido sin discurso lógico en la forma, ni viceversa

En segundo lugar, el discurso emotivo incita a la polarización. Cuando la lógica queda desterrada del discurso y las palabras apelan a la emoción, el término medio no tiene cabida: o sientes lo mismo que yo y, por consiguiente, opinas lo mismo que yo, o bien sientes lo contrario y, en consecuencia, opinas lo contrario. Ello conduce a la peligrosa dicotomía del blanco o negro, del estás conmigo o contra mí, del nosotros o ellos –tan de actualidad y tan en auge, por desgracia.

Solo el discurso lógico, aquel que se sustenta sobre argumentos racionales, permite navegar por la escala de grises y fondear en el punto medio. Conviene no olvidarlo: hay mucho en juego, especialmente en la era de la posverdad, en la que se hace constante hincapié en la veracidad de la información, en la autenticidad del contenido. Sin embargo, ello solo es posible respetando la forma que impone el discurso lógico. Aunque tendamos a olvidarlo, contenido y forma van de la mano, son una y la misma cosa. Citando a Julian Barnes: “La forma no es un sobretodo que se pone sobre la carne del pensamiento […], sino la carne del propio pensamiento. Es tan imposible imaginar una Idea sin Forma como una Forma sin Idea.”

O, lo que es lo mismo, no habrá veracidad en el contenido sin discurso lógico en la forma, ni viceversa. Es vital, por tanto, que colectivamente cuidemos con idéntico celo el uno y la otra.

Álvaro Fernández de la Mora Hernandez es DPhil in Law candidate, University of Oxford

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

La calidad del aire

La contaminación del aire en las ciudades y fuera de ellas es un asunto muy relevante, pues se trata de un problema que afecta negativamente a la sostenibilidad ambiental y, como consecuencia, a nuestra propia salud. Sostenibilidad que, a mi juicio, se basa en dos ideas clave: una, que la sobreexplotación de un recurso —el aire en este caso— trae consigo la pérdida de calidad de vida; la otra, que somos deudores y dependientes de la naturaleza aunque alguien nos haya hecho creer que somos sus amos.— José Arias Martínez. Collado Villalba. (Madrid).