¿Por qué todos opinan sobre cómo criar a los hijos de los demás?

Hace 12 años. Eran las dos de la mañana y llevaba apenas unas horas estrenando, con sentimientos encontrados, esa maravilla que llamamos maternidad. Asombro, euforia, pero también culpabilidad, dolor y miedo. Nadie me había dicho que la lactancia iba a ser un calvario. Mientras luchaba en la penumbra, se me acercó una señora vestida con bata y, con un trato muy poco delicado, empezó a aleccionarme sobre la lactancia, introduciéndose en la recién estrenada intimidad madre-hija, sin que le hubiese pedido su ayuda. Me dijo que lo estaba haciendo muy mal y me hundió de consejos para ser una madre aceptable. “Muchas gracias”, le dije, esperando que nos dejara a solas. Qué sorpresa me llevé al verla dar media vuelta para seguir con su trabajo, cogiendo el mocho. Pertenecía al turno nocturno del equipo de limpieza del hospital.

Es curiosa la alegría, el desparpajo con que la gente opina. ¿Por qué existirá esa especie de inercia irresistible en el ámbito educativo y de la crianza para opinar de todo lo que uno piensa, y a veces ni sabe? Las suegras, las cuñadas, las amigas, los expertos educativos, las redes, las empresas que venden productos, las revistas educativas. Todos opinan con una alegría, una contundencia y una seguridad que dan miedo. Menos mal que sabemos que la veracidad de un juicio no depende de la fuerza con la que se emite. Pero cuando uno va sin experiencia, cuánto se traga…

¿Qué mueve a dar consejos a todos y a todas horas? Sin duda, está el bienintencionado, el que por empatía auténtica quiere ayudar a toda costa, pero que no mide su propia fuerza. Prefiere soltar cualquier cosa que quedarse callado ante un problema. Intuyo que fue el caso de la señora que hace 12 años se me acercó en la penumbra mientras limpiaba. Luego está el resabido, el que lo sabe todo porque se conoce de memoria lo que predica la industria del consejo empaquetado y siempre tiene la respuesta a punto a todos los problemas. El resabido no es consciente de lo pesado que es, sobre todo cuando alecciona en público. Pero sin duda, la peor clase de consejo que podemos recibir, es la del oportunista. El mercado está repleto de consejos oportunistas, ajenos a la mentalidad científica, basados en modas educativas de turno y que intentan sintonizar con un sentimiento general afín para crear simpatía entre sus lectores.

Me atrevo a decir que los consejos oportunistas son los primeros enemigos de la educación con sentido. ¿Por qué? Si nos fijamos bien, usan un lenguaje tan general que, además de no decir nada concreto, acaban sembrando una confusión absoluta. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda advertir de la sobreprotección. Se leen artículos en numerosas revistas educativas “prohibiendo” tener una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestro hijo y prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento”.

Para darnos cuenta del sinsentido del consejo oportunista, un ejercicio interesante puede consistir en analizar esa cita, procurando interpretarla.

¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el calmarles con la tableta para dormirles o el comprarles chuches cuando nos las reclaman con una pataleta con 3 años?

¿Se consideran las tabletas y las chuches “necesidades”? ¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el dar el pecho a demanda, o el tener seis cámaras pendientes de sus movimientos nocturnos? ¿Y el tomar la temperatura del baño con 6 meses? ¿Y con 10 años? ¿Y el atenderlos cuando tienen frío al día de nacer, o cuando piden brazos llorando porque les duele el estómago o porque les asusta la vista de un extraño con 6 meses, o cuando lloran desconsolados al entrar al colegio con 18 meses?

¿Se considera una “preocupación excesiva por prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento” el impedir que abran el cajón de cuchillos con 4 años, el llevarles al cole el bocadillo que se olvidaron en casa con 15 años o el impedirles que suban un árbol de cuatro metros de altura? ¿Y de 40 metros?

Con esos consejos genéricos, la confusión está servida. Quizás por eso, algunas madres llaman “histéricas” a otras que no se atreven a dejar a sus bebés en manos de canguros desconocidos. Consideran hacerlo una proeza para inculcar “madurez” y autonomía cuanto antes al retoño. Y llaman “enmadrados” a niños que lloran al entrar por primera vez en el colegio.

Es curioso que exista una palabra en castellano, “mamitis”, que haga sonar a trastorno la natural y sana manifestación de la necesidad afectiva de un niño. No sorprende, dada la facilidad que tenemos en ponerle etiquetas de trastorno a absolutamente todo lo que consideramos fuera de la “normalidad”. Una vez definida la normalidad como lo que se sale de la norma, habría que ver quién marca la norma, si es la naturaleza misma, la dictadura de la mayoría, o un oportunista y seudocientífico interés en ella.

Lo que dice la literatura científica, que se ubica en las antípodas de la industria del consejo empaquetado, es que el vínculo del apego es clave para un buen desarrollo de la persona. Coinciden miles de estudios en que el vínculo del apego seguro se establece a base de atender a tiempo las necesidades básicas (biológicas, afectivas) del niño durante sus primeros dos años de vida. Y la literatura científica nos da pautas concretas de lo que significa eso. Sin embargo, hoy por hoy, suena bien decir que “no hay que tener una preocupación excesiva por satisfacer las necesidades de nuestros hijos”, sin matizar ni siquiera por edad. Porque es lo que se lleva. Y se considera que lo que se lleva manda. Es curioso eso. Las modas están sujetas a gustos y cambian, pero curiosamente, obligan. Y nosotros, por buscar lo mejor para nuestros hijos, porque andamos sin experiencia y no quisiéramos equivocarnos, aceptamos con resignación la dictadura de las modas. En la educación, si no sabemos y no tenemos medios de saber lo que conviene hacer, es mejor seguir la intuición y equivocarse cien veces para finalmente encontrar el punto, que seguir ciegamente un consejo oportunista y seudocientífico.

Lo que no va a ser nunca objeto de moda es lo que reclama la naturaleza de nuestros hijos, en función de cada edad. La dificultad de educar, y también paradójicamente el éxito en hacerlo, reside precisamente en eso: en la capacidad de discernir entre lo que reclama el niño y lo que reclama su naturaleza, que no siempre coinciden. Eso no lo puede hacer un manual de crianza escrito por personas que no conocen a nuestros hijos, no lo puede hacer una aplicación informática, por muy sofisticados que sean sus algoritmos, ni nos lo pueden resolver consejos, por muy bienintencionados que sean, y menos si son oportunistas y seudocientíficos. Esa capacidad de discernir nos la facilita la literatura académica. Pero no nos engañemos. Al fin y al cabo, lo hace una piel fina, y esa piel fina es la sensibilidad que desarrolla un padre, una madre, a base de estar tiempo con su hijo observándolo. Es “sentir con”, que se resume en una palabra: la empatía. No es casualidad que la literatura científica haya encontrado que el principal indicador para el buen desarrollo de un niño sea la sensibilidad de su principal cuidador, y que los niños con apego seguro sean más empáticos.

Y si alguien vuelve a hundirnos con consejos, bienintencionados o no, y a asegurarnos que lo estamos haciendo muy mal, deberíamos recordarle que antes de opinar sobre el estilo de crianza de otro, es mejor esperar a que nuestros hijos tengan por lo menos 90 años.

Catherine L’Ecuyer es autora de Educar en el asombro y Educar en la realidad.

El envoltorio de la comida basura contiene tóxicos perjudiciales en animales, ¿y en humanos?

Afirmar que las hamburguesas, las patatas fritas, las pizzas, la bollería industrial y las bebidas azucaradas del menú prototípico de la comida basura son perjudiciales ya no sorprende a casi nadie. Es sabido que el abuso de estos alimentos, ricos en grasas saturadas, harinas refinadas, azúcares simples y sal, lleva aparejado un elevado riesgo de padecer obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares o cáncer. Sin embargo, el listado de peligros para la salud no se detiene en el propio contenido de la fast food. Un estudio estadounidense, publicado en febrero en la revista Environmental Science & Technology Letters añade un nuevo elemento que le hará replantearse continuar consumiéndola: el envoltorio contiene elementos tóxicos que podrían poner en juego su salud.

Tras analizar 400 ejemplares de envases de papel y cartón de casi una treintena de cadenas de comida rápida de Estados Unidos, y gracias a la aplicación de un técnica de análisis rápido para determinar la presencia de flúor en materiales sólidos (la fluorescencia de rayos gamma) con resultados muy precisos, los investigadores detectaron en el 33% de las muestras estudiadas unos compuestos químicos llamados perfluoroalquilos y polifluoroalquilos (PFAS), relacionados con la fluorina (un radical formado por un átomo de flúor unido a un compuesto orgánico).

Qué son los PFAS

“La forma más abundante del flúor es en forma de sal y está presente en el agua de mar. No es un compuesto esencial para la vida pero estamos expuestos a él, especialmente cuando salamos los alimentos y cuando nos lavamos los dientes. En tecnología de materiales, los PFAS se emplean para proporcionar resistencia a grasas y a agua, como en algunos papeles para uso alimentario”, explica Rafael Gavara, especialista en polímeros en el laboratorio de envases del Instituto de Agroquímica y Tecnología de los Alimentos (IATA-CSIC) de Valencia.

Estos tóxicos, que los autores del estudio han hallado en el 46% de los envoltorios de hamburguesas, bocadillos y bollería, en el 20% de las cajas de las patatas fritas y pizzas y en el 16% de los envases de las bebidas, no son exclusivos de la industria alimentaria. También se utilizan en agentes de limpieza, pinturas, barnices, ceras para suelos, alfombras, muebles y líquidos de extinción de incendios, y forman parte de muchos materiales sintéticos como el teflón. Esa versatilidad es posible gracias a su resistencia al agua y al aceite, y por su alta estabilidad térmica y química. “Esto explica su ubicuidad en el medio ambiente y los seres vivos, ya que son persistentes y bioacumulativos [se acumulan en los tejidos y vísceras de animales y humanos]”, señala Miguel Ángel Lurueña, doctor en Ciencia y Tecnología de los Alimentos.

Potencial carcinogénico en animales

Sin embargo, los PFAS han sido cuestionados en investigaciones recientes y han despertado preocupación tras analizarse que algunos de esos compuestos pueden ser potencialmente tóxicos. “Se han descrito efectos negativos para la salud en animales, como la hepatotoxicidad (daños en el hígado), inmunotoxicidad, efectos hormonales y un potencial carcinogénico. Debido a su ubicuidad y bioacumulación se han encontrado presentes en forma de trazas en la sangre de muchas personas. Pero es necesario estudiar mejor estos efectos en humanos”, indica Lurueña.

“Cualquier sustancia presente en un objeto en contacto con el alimento puede ser trasferida al mismo, aumentando su cantidad cuando existe gran compatibilidad entre el alimento y la sustancia en cuestión y cuando aumenta la temperatura de exposición” (Rafael Gavara, especialista en polímeros)

Al comprender un amplio conjunto de sustancias diferentes, con distintas propiedades y distintos niveles de toxicidad, las autoridades alimentarias americanas y europeas han tomado medidas para controlar o restringir su uso. “En Estados Unidos, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) firmó acuerdos con empresas para abandonar la producción de sustancias como el ácido perfluorooctanoico (PFOA), y la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) ha modificado la legislación para retirar el uso de tres PFAS que ya no se consideran seguros para la salud. En Europa, la legislación establece límites de migración específicos [los límites máximos para regular la cantidad de ciertos compuestos que podrían migrar del envase al alimento], aunque es mejorable. Además, se vigila la exposición de la población a este tipo de compuestos y se estudia la dosis que podría ser perjudicial para la salud. Al igual que en EE UU, los PFAS sobre los que existe preocupación acerca de su seguridad están en desuso”, describe Lurueña.

En Europa, los PFAS se admiten solo como recubrimiento antiadherente en papel con un límite máximo de migración de 0,05 mg/kg; en Estados Unidos es del 0,5% del peso total del envase. A pesar de que la alta exposición a esos compuestos pueda significar un impacto perjudicial sobre la salud, y puedan causar también problemas reproductivos y de desarrollo, “no está claro si estos resultados tienen hoy implicaciones para la salud humana”, advierten J. Iñaki Álava y Miguel Ángel López, profesores del Área de Ciencia y Tecnología de la Facultad de Ciencias Gastronómicas del Basque Culinary Center. “En un estudio de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), realizado en trece países europeos entre 2006 y 2012, los expertos consideran que hay suficientes datos científicos para establecer una ingesta diaria total para PFAS de 150 nanogramos por kilogramo de peso corporal al día, y al mismo tiempo confirman que la exposición alimentaria a PFAS es muy poco probable que supere los valores de referencia indicados”, recuerdan estos expertos.

Humanos protegidos, pero hasta cierto punto

Ahora bien, puntualiza Lurueña, “esos datos se refieren a la población general y a una dieta normal. En el estudio americano se menciona que un tercio de la población infantil en Estados Unidos ingiere comida rápida a diario, una auténtica barbaridad, no solo por la elevada exposición a estas sustancias, sino sobre todo por la elevada proporción de grasas, azúcar, sal y harinas refinadas de este tipo de productos”.

Que en un alimento o envase alimentario haya un determinado compuesto potencialmente tóxico, indica Lurueña, no significa que vaya a provocar daños. “Habría que determinar si la cantidad supone o no un riesgo real. Esto no se investiga en el presente estudio. Se dice que es difícil evaluar la exposición y el riesgo asociado a los PFAs en los envases de comida rápida, ya que el grado de exposición de los materiales en contacto con alimentos y la toxicidad de la mayoría de los compuestos fluorados apenas están caracterizados. El estudio reconoce que las cantidades encontradas superan notablemente las recomendaciones del Ministerio de Alimentación y Medio Ambiente de Dinamarca”, destaca este consultor científico-tecnológico para empresas alimentarias.

Estimar la cantidad que migra del envoltorio al alimento es una tarea compleja, al depender de factores muy diversos: la cantidad y el tipo de alimento (si es o no graso), la temperatura, el tiempo de exposición y qué PFAS específicos contiene el envase. “Cualquier sustancia presente en un objeto en contacto con el alimento puede ser trasferida al mismo, aumentando su cantidad cuando existe gran compatibilidad entre el alimento y la sustancia en cuestión y cuando aumenta la temperatura de exposición. Los límites impuestos por las autoridades están calculados considerando exposiciones prolongadas y en cantidades enormes, en ocasiones aplicando factores de precaución de 1.000 o mayores para prevenir efectos adversos”, detalla Rafael Gavara. (En toxicología alimentaria, el factor de seguridad o de precaución establece la dosis permisible provisional de agentes xenobióticos —ajenos a los organismos vivos— en los seres humanos. Un factor de 1.000 puede ser una protección suficiente contra efectos muy graves como el cáncer).

Por si acaso, no empape el papel de kétchup

La costumbre entre quienes consumen fast food de untar el ketchup en el papel de la hamburguesa para luego rebañarlo con patatas fritas, es un gesto que convendría abandonar. “No se debería abusar por el riesgo de contaminación física, química y microbiológica del papel, ya confirmado en otros estudios”, recomiendan Álava y López.

Solo es por precaución, como expresa Lurueña: “Sería más pertinente con productos como las palomitas de microondas, cuyo envase se somete a altas temperaturas, favoreciendo la migración de esas sustancias hacia el alimento”, concluye.

Los curanderos, entre la impunidad y el limbo legal

“Si se ha equivocado, se ha equivocado él”. Con esta frase eludía su responsabilidad José Ramón Llorente, quien se presentaba como especialista en medicina naturista y ortomolecular cuando comenzó a pasar consulta a Mario Rodríguez. Se trata de un curandero de libro, aquel que, según el diccionario, ejerce prácticas curativas sin tener el título de médico. Su caso ha terminado en el juzgado por el tesón del padre de Mario, un joven de 21 años que murió tras abandonar la quimioterapia mientras su curandero le recetaba “pastillas de brócoli”, según la Audiencia Provincial de Valencia. Pero no sabemos cuántos curanderos como él hay en España, tratando gripes, depresiones, dolores de espalda o tumores, ni cuántos problemas de salud podrían estar provocando al pretender curar a pacientes con falsos remedios, técnicas inútiles y píldoras que no son más que placebos.

Ciudadanos quiere obligar a los médicos a denunciar cuando tengan conocimiento de prácticas “alejadas de la evidencia científica [que] pudieran causar un perjuicio real en la salud”

Para dar respuesta a casos como este, el grupo de Ciudadanos en el Congreso presentó una Proposición no de Ley (PDF) para obligar a los médicos a denunciar cuando tengan conocimiento de una situación similar: prácticas “alejadas de la evidencia científica [que] pudieran causar un perjuicio real en la salud directa de sus pacientes”. La intención última: “Detectar malas prácticas que pongan en peligro la salud pública o la vida de los pacientes”. Francisco Igea, médico y diputado impulsor de esta PNL, defiende su propuesta como un intento “útil” de “acabar con la impunidad”. “Ni siquiera hay un registro de las lesiones o muertes que podrían estar causando”, lamenta Igea, “no sabemos nada”.

Una de las asociaciones más representativas del sector, la Asociación de Profesionales de las Terapias Naturales (APTN-Cofenat), asegura que hay 60.000 profesionales que “ejercen y pagan sus impuestos”. Pero es que en 2009 ya decían que eran 60.000 profesionales. Todo el mundo, partidarios, detractores, médicos y políticos, consideran que se trata de una práctica que no deja de crecer; no tendría sentido que fueran los mismos “profesionales” desde hace casi una década. Esa asociación, la mayor, dice contar con casi 10.500 miembros. El 13% de los españoles prefiere este tipo de pseudoterapias, según el CIS, aunque un estudio realizado por el sector asegura que el 24% ha recurrido a estas prácticas en alguna ocasión, pero incluye en ese porcentaje la práctica del yoga.

La norma que regula los establecimientos sanitarios indica que debe haber un “médico” en los centros de terapias naturales. Los demás están fuera de la ley

Poco se sabe a ciencia cierta sobre este sector. El último gobierno socialista trató de acotar el concepto, o el problema, poniendo en marcha un grupo de trabajo en 2007 que identificara, para regularlos, todos los aspectos que engloban las llamadas terapias naturales o alternativas. El informe resultante, publicado en 2011, dejaba claras tres cosas: que el problema es amplísimo y con innumerables derivadas; que estas terapias no tienen ninguna capacidad de curar más allá del efecto placebo; y que la regulación era insuficiente. Estamos hablando de 139 técnicas, donde conviven la acupuntura, que Sanidad considera útil contra determinados dolores, con la sanación por medio de piedras de cuarzo, por poner un ejemplo sin aval alguno.

En el decreto vigente desde 2003, que regula los establecimientos sanitarios, hay un apartado dedicado a las terapias no convencionales, pero el texto indica que se trata de una “unidad asistencial en la que un médico es responsable de realizar tratamientos”. Es decir, que se exige alguien con titulación en Medicina para que la autonomía pueda dar el permiso pertinente, una situación rarísima, como reconocía Sanidad en su informe (PDF): en 2008, solo había 230 establecimientos acreditados con este perfil. “Estas cifras no son indicativas de la situación real de los centros en los que se aplican terapias naturales, ya que en gran parte de ellos no hay un médico al frente”, reconocía. Y añadía como ejemplo que una simple búsqueda en la web de las Páginas Amarillas ofrecía 1.704 centros de naturopatía en 2011 (hoy ya son 2.163) y 934 de homeopatía (hoy, 1.439).

Como muestra, un botón: en la localidad del joven Mario Rodríguez, Burjassot (37.000 habitantes) hay 11 establecimientos que se publicitan como locales en los que, de un modo u otro, se asegura que se cuida o mejora la salud de los clientes con pseudoterapias (ninguno aparece en la web de las Páginas Amarillas). Se trata de un trabajo de campo realizado a modo de ejemplo por la Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP), impulsada por el padre de Mario, para ilustrar el alcance del problema. “No cumplen el decreto de autorización de centros. Los tribunales lo tienen clarísimo, da igual si las terapias que realizan son reales o ficticias”, dice Fernando Frías, abogado y asesor jurídico de la asociación. Según este colectivo, que se está reuniendo con los grupos políticos para transmitir su preocupación, estos centros no cumplen y la inspección de Sanidad de cada comunidad autónoma debería cerrarlos. Llorente, obligado por la sanidad valenciana, se limitó a cambiar su cartel de “medicina natural y ortomolecular” por otro que vende “centro de terapias naturales”.

El PSOE quiso regularlo incluyendo un diagnóstico previo de un médico, vigilar las terapias más peligrosas y que se mantuviera un registro de pacientes

Intentos fracasados de regularlo

El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero trató de darle espacio legal al sector, un apartado específico en la norma para estos profesionales de las terapias que no cuentan con aval científico. Cataluña lo hizo , pero la justicia se lo tumbó. El País Vasco aprobó en julio una proposición no de ley para hacerlo. El programa electoral del PSOE sigue incluyendo la idea de “regular, desde el consenso, el sector de las terapias naturales, que permita al ciudadano acudir a estos técnicos con las debidas garantías”. Guadalupe Martín, diputada del PSOE en la comisión de Sanidad, cree que esa es la solución, y reconoce que ahora se está dando un incumplimiento masivo de la ley, porque los centros de terapias alternativas no cuentan con profesionales sanitarios y porque vulneran la ley al publicitarse indebidamente como lugares en los que se ofrecen soluciones para la salud, como también denuncian Ciudadanos y APETP.

Martín, también médica, no cree que la propuesta de Ciudadanos sea la solución: “No comparto que se ponga la carga en los profesionales sanitarios, que tengan que hacer de policías. Para eso ya está, o debería estar, la inspección sanitaria”. Los colegios médicos tampoco se han mostrado a favor de que se les obligue por ley a denunciar a los curanderos, a pesar de que algunos, como la Organización Médica Colegial, son muy beligerantes contra las pseudoterapias. La diputada socialista cree que se debe dar carta de naturaleza a los profesionales de las terapias naturales mejor formados para dar más seguridad a los ciudadanos. “Pero si regulas determinada profesión, supone reconocer una titulación, una formación… y eso es reconocer validez a prácticas que no tienen ninguna base científica”, reconoce. “Pero eso ayudaría a cerrar a los verdaderos estafadores”, añade. Además, cree fundamental formar e informar a la población. En este momento ese objetivo parece muy lejano cuando la radio pública española tiene un programa para la promoción de estas pseudoterapias.

Estos profesionales cuentan desde 1990 con un epígrafe como parasanitarios en el que inscribirse para tributar por su negocio, pero no pueden registrar su establecimiento y tienen prohibido hacer publicidad de “productos y servicios de carácter creencial y de los productos-milagro”. Así, las tarifas de un sector que está fuera de la ley son ingobernables: a la familia de Mario Rodríguez, el tratamiento del curandero le costó unos 4.000 euros. El plan del Gobierno socialista ponía el foco en que la regulación de este colectivo incluyera un diagnóstico previo de un médico titulado, tener especial vigilancia sobre las terapias más invasivas y peligrosas y que se mantuviera un registro de pacientes que permita controlar mejor el sector. La presidenta de la APETP, la científica Elena Campos, lo tiene claro: “Se está incumpliendo desde hace 13 años la legislación vigente. La salud debe estar en manos de un profesional sanitario acreditado. Los ayuntamientos y las comunidades son responsables de lo que está pasando”.

Las fallas en los hospitales de México revelan la profunda crisis de la seguridad social

El hijo de Francisco Cortez Mora murió a los tres días de nacido en el Hospital Regional de Zona Número uno del IMSS en Culiacán (Sinaloa, noroeste de México) por choque séptico. Un doctor le avisó aquel septiembre de 2015 que había nacido “infectado” y que no pudo sobrevivir a cuatro infartos. El hombre de 38 años está seguro de que su hijo nació sano y que la infección fue a causa de una bacteria que adquirió en el hospital. En el área de neonatos, donde estaba su bebé, siempre olía a orines y había polvo, asegura Cortez Mora. “Había cucarachas, moho en el techo, manchas y hongos en el piso, y las batas que usaban las mamás tenían sangre”. Además los enfermeros y residentes entraban con comida y no se lavaban las manos, cuenta el padre de familia.

Para demostrar que las condiciones de higiene del hospital eran deficientes, Francisco recurrió a la ley de transparencia y pidió a la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), la encargada de vigilar los establecimientos de salud en México, el diagnóstico que había hecho del hospital. En la documentación que obtuvo constató la existencia de diversos factores de riesgo, como falta de limpieza en la ropa de cama de los pacientes y el personal de salud, suciedad en diversas áreas y carencia de buenas prácticas de higiene —incluyendo lavado de manos—, así como deficiencia en la preparación de alimentos y soluciones de uso médico.

El Hospital Regional Número uno de Sinaloa no es la única instalación médica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) —el principal sistema de salud en México— que ha revisado la Cofepris y que opera con diversas fallas de higiene. En un programa de revisión hospitalaria que emprendió el organismo desde 2013 para identificar posibles riesgos sanitarios y elaborar planes de corrección, ha encontrado anomalías en 124 establecimientos (la misma cantidad que ha revisado), consta en los oficios entregados por la Cofepris en respuesta a una solicitud de información hecha por este medio.

Al diagnóstico en materia de salubridad, se le suman las inconformidades por malos servicios médicos e ineficiencia en los trámites. El IMSS, la institución de sanidad más grande en América Latina, es uno de los organismos de los que más se quejan los mexicanos. Al mes 3.581 personas (119 al día) acuden ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos, la Comisión de Arbitraje Médico o ante el mismo instituto para denunciar alguna anomalía.

Las principales fallas

En la revisión hecha por la Cofepris se encontró que en algunos hospitales el personal que prepara los medicamentos no realiza lavado de manos previo y no utiliza cubrebocas. En el Centro Médico Nacional de Occidente en Guadalajara, por ejemplo, el personal es insuficiente y no cuentan con un turno nocturno por falta de empleados. Además no todo el personal cuenta con su título y cédula profesional.

En un hospital de Yucatán se encontraron medicamentos con fecha de caducidad vencida y se constató que no se realiza limpieza y desinfección de todas las camas, cunas de calor radiante, incubadoras y bacinetes cada vez que se desocupan por transferencia o egreso de paciente. El servicio de urgencias no dispone de laboratorio clínico y rayos x en el tiempo que se requiere. En la sala de recuperación obstétrica los espacios están rebasados por la cantidad de pacientes atendidos y sólo se cuenta con una ambulancia, la cual no es suficiente para cubrir la demanda.

En el Hospital de Especialidades Antonio Fraga Mouret, en la Ciudad de México, se encontró que tras la muerte de un bebé no se emitió el dictamen de muerte materna. Tampoco se señaló si la causa de la defunción de la paciente fue directa o indirecta a la muerte materna y no se elaboró su acta de defunción por carecer de documentación. En el área de urgencias, terapia intensiva y hospitalización del Hospital de Oncología del Centro Médico nacional se observó polvo y falta de limpieza.

Durante la visita de verificación al Hospital de Pediatría del Centro Médico Nacional Siglo XXI se observó que las salas quirúrgicas no cuentan con superficies limpias, el cuarto séptico es usado también como cuarto de aseo y los residuos peligrosos biológico-infecciosos se mezclan de manera indistinta en los mismos recipientes de almacenamiento de la basura municipal. Además se encontró que las bolsas de reanimación respiratoria, sensores de oxígeno o inspirómetros que se usan con algunos pacientes no son lavados, esterilizados o desinfectados antes de volver a ser usados con otro enfermo, mientras que los dispositivos desechables, como circuitos de ventilación, también son reutilizados.

La mayoría de las fallas que se encontraron en las instalaciones médicas del IMSS se refieren a la suciedad en las instalaciones, expedientes mal integrados, estudios de laboratorio sin diagnóstico, hojas de consentimiento para autorizar algún servicio sin firmas de los testigos, notas e indicaciones médicas ilegibles, historiales clínicos sin nombre y firma del personal médico, falta de insumos, consultorios médicos sin áreas de exploración, y contenedores con residuos infecciosos sin tapa.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) ha emitido 77 recomendaciones al instituto entre el 2005 y el 2016. Un total de 38 expedientes fueron por la deficiente atención médica que denunciaron los derechohabientes, 27 por una inadecuada atención en materia obstétrica,y el resto por daño a la integridad del paciente e inadecuadas instalaciones, de acuerdo a la información entregada por la CNDH en respuesta a una solicitud de información.

¿Por qué no nos dejamos guiar por la ciencia?

Los psicólogos dicen que “el mundo no funciona con criterios de justicia” y que nuestra incapacidad para aceptar ese crudo y exacto enunciado lógico es el cimiento de todas nuestras depresiones, desequilibrios y psicosis. Es una idea interesante, que además explica buena parte del éxito de las religiones y del pensamiento irracional. La justicia que no se nos hace en este mundo nos será compensada con la vida eterna, con la reencarnación de las almas, con dos docenas de vírgenes. También explica los autobuses de pene y vulva, las muertes prematuras por el cáncer que no curó un farsante, las universidades que ofrecen homeopatía y naturopatía, las enzimas prodigiosas que nos engordan. Tenemos un buen problema que resolver ahí.

¿Por qué no nos dejamos guiar por la mejor ciencia disponible? Es fácil echar la culpa a la ignorancia científica de la población y esperar sentados a que se desasne, pero sospecho que ese enfoque no va a funcionar muy bien. Cuando a la gente le da por no leer mecánica cuántica, es que no hay manera de sacarles de su error. El asunto es importante, sin embargo, porque esa misma población desinformada, o incluso intoxicada por los hechos alternativos, es la que elige a nuestros gobernantes, saca de Europa a Reino Unido, inventa a Donald Trump y está votando en Holanda mientras escribo esto. ¿Qué hacemos?

Estoy devorando un libro del físico de CalTech Sean Carroll, El gran cuadro, recién publicado en español por Pasado & Presente. Carroll era conocido como físico y escritor de libros científicos, pero se revela aquí también como un pensador, un miembro de la tercera cultura (letras + ciencias), un nuevo nombre que añadir a una lista muy corta de cerebros abarcadores de nuestro tiempo. Carroll sabe, como su colega el premio Nobel Steven Weinberg, que la visión científica de la naturaleza “no es una forma obvia y predeterminada de pensar acerca del mundo”. A la humanidad le ha costado 100.000 años llegar a esa maquinaria racional de generar conocimiento y progreso. La ciencia no está en nuestros genes. Hay que ganársela con gran penalidad, inteligencia y creatividad. Con lo mejor que tenemos en este planeta triste.

El físico Carroll sabe que tener razón no basta, que la ciencia tiene que convencer también al lego y al votante, al intoxicado y al intoxicador, a las masas desinformadas y a quienes alimentan su pensamiento. La evidencia aplastante de que nuestra mente no es más que una colección de átomos no basta para sacar adelante un mundo en el que merezca la pena vivir.

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