Pau Donés: “Soy Peter Pan, con cáncer, pero Peter Pan”

Llega dando largos tragos a una litrona de lo que parece naranjada y es un suero de glucosa para aguantar la tralla de la maratón de promoción en la que se ha embarcado. “Para lo que hemos quedao, antes me metía de todo y por su orden y ahora me chuto azúcar puro”, bromea. Viene de dar una entrevista en la radio y se dispone a ofrecer una multitudinaria rueda de prensa para presentar su autorregalo de cumpleaños: 50 palos, una especie de obras completas en forma de disco, libro y gira que le tendrá rodando todo el año de teatro en teatro por España y América. Como si no hubiera un mañana. Así, confiesa, ha decidido vivir desde que el cáncer le bajara de “la ola” de estrella del rock y le hiciera redescubrir la vida pura y dura. He aquí a Pau Donés, puro espíritu, ángulos y ojos verdes, 66 kilos de fibra y huesos en un cuerpo de 1,85 sometido a los rigores de la enfermedad, la cirugía y la quimioterapia. Puede que está más flaco que la legendaria flaca que le catapultó a la fama hace dos décadas. Pero, quizá, también, más atractivo y auténtico que nunca.

Nunca estará ni más joven ni mejor que hoy, parece pregonar con su entusiasmo contagioso. No le interesa el futuro, confiesa. ¿Huida hacia adelante? “No, ganas de vivir la vida, de exprimir el presente, porque vivir es urgente, yo me puedo morir mañana, pero tú también, y todos, y estamos tardando en darnos cuenta”. El creador de pequeños himnos vitales como Grita, Bonito o Depende no es ningún ingenuo, ni ningún iluso. Sabe a lo que se enfrenta. Y porque lo sabe, quiere compartir sus sentimientos y pensamientos al respecto. Así escribió Humo, -“ahora que solo me queda esperar a que llegue la hora, abrázame fuerte, amor, por su fuera esta la última vez”- la canción “de amor” que le dedicó a su “mejor amante,“la vida” cuando sintió que “se le escapaba”. Y así lo confiesa, sin rastro de impostura en unos ojos que penetran los tuyos con lo que parece empatía e interés genuino por el otro.

“Claro que sé que esta expectación se debe a mi enfermedad”, dice, aludiendo a su masiva presencia en los medios y al inusitado interés despertado por su disco, su libro y su gira, “pero también estoy gozando de esta atención con la tranquilidad de que tengo una mercancía cojonuda que ofrecer”, explica. Una mercancía, su producción al frente de Jarabe de palo, que podrá gustar más o menos a según qué públicos, pero cuyos estribillos y melodías se han colado en el imaginario sentimental de varias generaciones de algo que se tiene o no se tiene. “El poder de emocionar a la gente. De que se te salte una lágrima. O de que te den ganas de llamar a tu novio y decirle ven para acá. O de invadir lo que se te ponga por delante”, resume Donés. “Ese es el poder de la música, y de los compositores. A lo que aspiramos. No siempre se consigue. ¿Y usted, a qué aspira, ahora?, se le pregunta. Y responde: “A vivir, siempre. Sigo siendo Peter Pan, con cáncer, pero Peter Pan, y así seguiré hasta el último día”.

Los adolescentes españoles pasan más dos horas al día frente a una pantalla

Las cifras no engañan y son alarmantes. El 48,4% de los niños y adolescentes españoles pasa más de dos horas delante de la pantalla entre semana, subiendo al 84%, los fines de semana, esta es la principal conclusión del estudio Sedentarismo en niños y adolescentes españoles: resultados del estudio científico ANIBES, publicado en la revista internacional BMC Public Health y coordinado por la Fundación Española de Nutrición (FEN). Estos resultados superan los recomendados por la Academia de Pediatría de Estados Unidos que sitúa las dos horas delante de una pantalla al día como límite para los menores. Los sujetos a estudio tenían entre nueve y 17 años y se analizaron los hábitos de sedentarismo, así como la disponibilidad de dispositivos electrónicos que hay en los hogares, y cuáles son los determinantes del exceso de tiempo pasado delante de una pantalla. Los factores a medición fueron datos antropométricos, la ingesta de macronutrientes y micronutrientes y sus fuentes, así como el nivel de actividad física y datos socioeconómicos de la población.

“Sin tener en cuenta el uso de Internet para el estudio, tanto los niños como los adolescentes españoles pasan más tiempo delante de una pantalla durante los fines de semana que en los días de entresemana”, incide la doctora Marcela González-Gross, directora del grupo de investigación ImFine y catedrática de la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte de la Universidad Politécnica de Madrid, en un comunicado. “La edad parece ser un determinante importante de un estilo de vida sedentario, ya que el grupo de adolescentes pasaba un mayor tiempo delante de la pantalla en comparación con el de los niños”, explica la investigadora.

Además, el 30% de ellos tenía tele, consola u ordenador en su cuarto. “Esto nos hace ver que las nuevas generaciones hacen un uso elevado de las nuevas tecnologías”, apunta González-Gross. “El dispositivo más utilizado entre la población masculina de entre nueve y 17 años es la consola, mientras que en la población femenina es la televisión”.

Los adolescentes españoles y la actividad física

Según los datos incluidos en el estudio científico ANIBES, “un 55,4 % de los niños y adolescentes españoles de entre nueve y 17 años no cumple las recomendaciones internacionales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de actividad física”, explica la doctora. La OMS recomienda para los niños y jóvenes que la actividad física consista en juegos, deportes, desplazamientos, actividades recreativas, educación física o ejercicios programados en el contexto de la familia, la escuela o las actividades comunitarias, con el fin de mejorar las funciones cardiorrespiratorias y musculares. “Los niños y jóvenes de cinco a 17 años deben invertir como mínimo 60 minutos diarios en actividades físicas de intensidad moderada a vigorosa. La actividad física que supere este tiempo reportará un beneficio aún mayor para la salud. Y la actividad física diaria debería ser, en su mayor parte, aeróbica”, subraya el organismo internacional.

“En España se ha producido una tendencia decreciente en los desplazamientos activos al colegio y se debería potenciar la actividad física de intensidad moderada a vigorosa, así como el desplazamiento activo a la escuela (andando principalmente), entre otras actividades”, subrayan los autores.

“Teniendo en cuenta estos resultados, efectivamente, desde Salud Pública se debe hacer un esfuerzo diferenciado para incidir en ambos comportamientos: por una parte para disminuir el tiempo que niños y adolescentes pasan sentados por otras razones ajenas al estudio y, por otra, para aumentar la práctica de actividad física”, concluye González-Gross, en el texto.

Conclusiones

Tras el análisis, los investigadores ponen el foco en la importancia de reducir las actividades y comportamientos sedentarios y “en la necesidad de un mayor esfuerzo para disminuir el tiempo que niños y adolescentes pasan sentados más allá del estudio”. “Los resultados también sugieren que el fin de semana es un objetivo prioritario para llevar a cabo intervenciones que permitan pasar menos tiempo delante de una pantalla”. Y reclaman la promoción de actividades en diferentes ámbitos (familia, colegio o comunidad) como alternativas a esos largos periodos que niños y adolescentes pasan sentados en su tiempo de ocio.

En esta comida ecológica sí merece la pena rascarse el bolsillo

La comida bio cada vez cuenta con más seguidores. El activismo de personalidades como Michelle Obama, Gwyneth Paltrow o el mediático chef Jaime Oliver ha sido un ejemplo para muchas personas preocupadas por su salud y también por el medioambiente, y las cifras demuestran que el mensaje ha calado: en Reino Unido, la demanda de alimentos ecológicos ha aumentado un 7% a nivel particular y supera el 15% en el sector de la restauración, según ha publicado en febrero el periódico británico The Guardian. En España, un tercio de la población consume alimentos ecológicos, según el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente (MAPAMA). Pero, además, tienen más seguidores entre quienes gozan de un buen nivel socioeconómico; basta con dar una vuelta por Upper East Side y Upper West Side, dos de los barrios más acomodados de Nueva York y donde se encuentran las tiendas con más variedad de productos ecológicos, como ha comprobado un estudio de la Escuela Steinhardt, de la Universidad de Nueva York (EE UU).

Un análisis del MAPAMA revela que la principal razón de los españoles para consumir alimentos ecológicos es la preocupación por la vida saludable, seguido del deseo de evitar productos que hayan recibido pesticidas y fertilizantes químicos y del interés por la conservación de la naturaleza, unos intereses que coinciden con los de los consumidores de otros países. Sin embargo, la ciencia no es unánime en cuanto al verdadero impacto de la comida ecológica en la salud humana por lo que, en última instancia, la decisión de comer bio es meramente personal, y así lo reconoce Marion Nestle profesora de Nutrición de la citada universidad estadounidense y una de las voces más autorizadas en este campo, quien contaba al periódico The New York Times que “los alimentos ecológicos son más caros. ¿Merecen la pena? Personalmente, prefiero no ser un conejillo de indias en un experimento de plaguicidas a largo plazo. También soy afortunada de tener la opción. Debemos hacer lo posible para dar a los demás la misma elección”.

El catedrático Juan José Badiola, presidente del Consejo General de Colegios de Veterinarios y miembro de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), también esgrime el argumento de la elección personal y añade la importancia del “factor de confianza” para muchas personas que creen que así “se benefician de procesos más naturales”. Ahora bien, “tener expectativas objetivas de que sean productos más saludables es más complicado”, opina.

Si el precio más alto y la falta de confirmación del alcance sobre la salud humana no le han desviado de la decisión de llenar la nevera de productos ecológicos, lo lógico es dar prioridad a “los alimentos de consumo diario y, por tanto, los que tienen más impacto en la ingesta, sin mirar el lado económico y sí su repercusiones”, recomienda Dolores Raigón, presidenta de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica (SEAE). Coja el carro de la compra y en caso de dudas, eche mano a la siguiente lista:

Naranjas: más jugosas y olorosas

Las frutas y verduras representan el 37% del consumo de alimentos ecológicos y, de entre ellos, Raigón asegura que las naranjas son las más demandadas. La variedad navel ecológicas, y las mandarinas clementinas (clemnules) contienen un 5% más de pulpa (aportan más fibra a la dieta), resultan más jugosa que las de la producción convencional y también son ricas en aceites esenciales en su corteza, lo que las hace más olorosas, según afirma la presidenta de la SEAE. Además, el estudio comparativo, realizado durante una década en la Universidad Politécnica de Valencia en el que ha participado esta experta, afirma que las naranjas ecológicas también contienen un 10% más de vitamina C que las convencionales.

Carne de ternera y pollo: se conserva más tiempo

Para Juan José Badiola, el bienestar del animal no es la única razón que lleva a decantarse por comprar carne ecológica. El experto (que fue el responsable de gestionar la crisis de las vacas locas) afirma que la presión ciudadana “ha llevado a que los procesos de producción convencional se hayan desintensificado a favor del bienestar animal, porque cuando un animal está estresado produce peor”. La producción ecológica implica “un paso más, y se suprimen los fármacos, lo que obliga al productor a saber manejar muy bien las prácticas de prevención de enfermedades”.

Si busca sabor y ausencia de productos químicos, la ternera ecológica tiene ventaja. “El animal rumiante criado en condiciones ecológicas debe tener al menos un 60% de su dieta basada en forrajes frescos (hierba), secos (paja, heno, hierba) o ensilados”, detalla el investigador Fernando Vicente, del Área de Nutrición, Pastos y Forrajes del Servicio Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario (Serida), en Asturias. “Hemos constatado un mayor poder antioxidante en la carne de los animales que ingieren forraje fresco, debido fundamentalmente a la ingestión de vitamina E presente en la hierba. Gracias a esta característica, la vida útil de la carne se alarga, es decir, mantiene más tiempo sus propiedades organolépticas (color, sabor) durante la conservación en cámara refrigerada”, añade la doctora Carmen Oliván, del Área de producción animal de Serida. Sin embargo, “por el momento no se ha demostrado que esas propiedades presenten un beneficio para la salud del consumidor”. Para el presidente de los veterinarios españoles, “se ha intensificado demasiado la producción y se ha atentado contra el bienestar animal”, aunque Badiola defiende que, actualmente, “la producción convencional está muy regulada”.

Huevos: por el bienestar animal

“Por el momento no existen evidencias científicas que avalen que el consumo de huevos ecológicos es mejor desde el punto de vista nutricional”, explica Marta Miguel, del Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación del CSIC. “Tampoco las hay desde el punto de vista sensorial, aunque la sociedad cree que el gusto de un huevo ecológico es diferente y mejor. Esto no se ha comprobado científicamente”. Para Miguel, la única diferencia está en las condiciones de vida de la gallina (enjaulada, en libertad o en semilibertad), y la decisión de comprar ecológico es, nuevamente, “personal”.

Pescado: menor riesgo de parásitos

El pescado ecológico tiene la ventaja de “ausencia de químicos, metales pesados, antibióticos y otros medicamentos”, subraya Curro Villarreal, gerente de Naturix. El secreto de esta empresa es, según el directivo, trabajar con agua de calidad (de los ríos Tajuña y Nansa), que les permite también producir alimento vivo para cultivar diversas especies (peces, algas, crustáceos y moluscos). Como ventajas destaca la trazabilidad, “sabemos quiénes son sus padres, donde se ha criado y qué ha comido”, lo que reduce el riesgo de que contenga parásitos. La pesca tradicional “se sabe dónde desembarca pero no si se le ha puesto algún producto químico para conservarlo”, sugiere.

Jamón ibérico: cuida las dehesas

El jamón ibérico de bellota podría considerarse un producto ecológico, por las condiciones de vida y alimentación del animal, aunque para los productores de jamón ecológico existen diferencias. Miguel López Delgado, director de Ecoibéricos describe que para considerar un ibérico de bellota, “basta con que el cerdo esté dos meses comiéndola, pero podría haber nacido y criado en procesos intensivos”. La denominación de ecológico le exige unas condiciones vida y alimentación establecidas en un reglamento muy estricto. Y tan importante como el animal es el territorio: “La base del cerdo ibérico ha sido la dehesa, y lo necesita para la mejora y regeneración de esta”, describe López. La producción ecológica obliga a la rotación en el terreno, comiendo hierbas y otros vegetales, como “calabacines que son magníficos para evitar parásitos al animal”. Para criar un cerdo ibérico ecológico se necesitan dos años.

Aceite de oliva: aún mejor para la salud cardiovascular

El aceite de oliva virgen extra obtenido por procedimientos convencionales es un producto extraordinario, como reconoce la presidenta de la Asociación de Agricultura Ecológica, pero la producción ecológica mejora aún más la composición de los ácidos grasos. “En la fracción de los ácidos grasos, el factor genético es uno de los que más influye. Es decir, un aceite de un apicual tendrá una composición muy diferente de una hojiblanca, y eso viene marcado genéticamente”, explica Raigón: “Cuando se somete al árbol a un nivel de estrés, se alteran los contenidos polifenólicos, mientras que con riego se potencian los ácidos grasos monoinsaturados”.

Leche y yogures: mejor para el corazón

Hace un año, la revista British Journal of Nutrition publicó los resultados de una revisión de 196 artículos sobre la composición de la leche ecológica y la de producción convencional y el resultado fue claramente favorable para la ecológica por su mejor composición en ácidos grasos saludables para el corazón, un beneficio que puede alcanzar al yogur y los quesos fabricados con esa leche. Fernando Vicente resalta también el beneficio del cultivo bio para el bienestar animal, que se traduce “en menor estrés y mejor sistema inmune”. Sin embargo, si tiene déficit de yodo no debería ser esta su opción: la leche ecológica contiene un 74% menos de yodo que la convencional.

La leche ecológica también mejora el sabor. Vicente afirma que “hay consumidores que son capaces de identificar la leche producida en base a pastos, ya que diferencian aromas de hierba y flores. También hay estudios en los que se demuestra que la mantequilla prodecente de leche producida en base a pastos tiene una mayor untuosidad, así como los quesos, que son más cremosos”.

Sin embargo, desista de comprar leche ecológica si prefiere la desnatada o semidesnatada, porque, como detalla el investigador de Serida, “si lo que pretendemos es un producto con un perfil de ácidos grasos más saludables, al desnatar la leche perdemos el beneficio”.

Pan: dura hasta 10 días

El pan está de moda y es fácil encontrar multitud de variedades con ingredientes que, originariamente, poco tienen que ver con el pan. Pero pasada la buena impresión, a las pocas horas el pan pierde se endurece o se pone correoso. “El pan ecológico, hecho con masa madre y levadura natural, aguanta fresco entre una semana y 10 días (conservado en un sitio fresco para que no forme moho)”, sostiene José Luis Sánchez Molina, molinero de Panadería Rincón del Segura (en Albacete). Además de su duración, “cuando está hecho con harinas integrales, que es lo más común, el aporte de vitaminas y minerales es importante respecto a un pan blanco convencional”, afirma Sánchez, que reconoce que también hay panes convencionales muy buenos, “siempre que se hagan en un horno artesano y se respeten los tiempos”. Triunfan los panes de espelta y de centeno. Pero la competencia es grande, y bajo el paraguas ecológico caben panes con harinas ecológicas pero hechos con levaduras industriales. “El pan ecológico solo tiene que llevar levadura madre, harina, agua y sal”.

El peligro acecha fuera

La lucha contra la malaria ha logrado éxitos importantes en los últimos 20 años, pero los mosquitos que transmiten la enfermedad se adaptan y encuentran la manera de burlar incluso las medidas profilácticas de probada eficacia. Por eso, para erradicarla de verdad se impone aplicar soluciones totalmente originales.

Cocinar, comer, ir a buscar agua, lavar, charlar… En la ciudad de Ifakara, en el interior de Tanzania, las cabañas son demasiado pequeñas para tanta actividad. Aquí la gente es pobre. En la mayoría de las casas caben una, o, a lo sumo, dos camas. Y, salvo dormir, todo se hace en el exterior. Y en el exterior es donde están los mosquitos, ese peligro mortal. Uno de los significados de la palabra ifakara es “el sitio donde yo muero”.

En África, cada dos minutos muere un niño de malaria. Los síntomas característicos son accesos de fiebre, alteraciones del estado de conciencia y fallos en el funcionamiento de los órganos. Los agentes patógenos se pueden reproducir en unas 30 variedades de mosquitos anófeles y llegar a la sangre a través de una picadura.

El valle del Kilombero, que rodea Ifakara, es una de las zonas de África más gravemente afectadas por la enfermedad. “Cuando llegué aquí, era imposible contar los mosquitos que atrapábamos para los muestreos con la ayuda de unas sencillas trampas de luz. Teníamos que pesarlos”, explica el irlandés Gerry Killeen, que lleva 15 años investigando en el Instituto de Salud de Ifakara (IHI, por sus siglas en inglés), un centro para el estudio de la malaria reconocido internacionalmente. “A veces, al cabo de una noche, el recipiente de las trampas para atrapar los mosquitos estaba hasta arriba”, recuerda.

Hoy en día las cosas han cambiado. En Ifakara, prácticamente todo el mundo duerme bajo una mosquitera. Como los mosquitos anófeles pican sobre todo de noche, así se les priva de su sustento. Las redes impregnadas de insecticida han sido la principal contribución a que, desde el año 2000, la tasa de mortalidad haya descendido un 60% y los contagios se hayan reducido en un tercio.

Cuando la vida de una comunidad transcurre principalmente fuera de sus casas, la eficacia de las mosquiteras no les protege durante la mayor parte del día

En esta localidad tanzana, en la década de los ochenta una persona sufría una media de 2000 picaduras infecciosas al año. Hoy son 18. En el resto del mundo, las cifras también dan motivos para la esperanza, aunque, a primera vista, no lo parezca. Según la Organización Mundial de la Salud, 2.300 millones de personas viven en zonas de riesgo, y 212 millones contrajeron malaria por primera vez el año pasado. Esto supone un retroceso de las cifras del 18% con respecto a 2000. Parece, pues, que es posible derrotar a la enfermedad.

Pero los mosquitos no ponen de su parte. A pesar de todos los esfuerzos, siguen volando, picando y matando. El número de casos se ha estancado tras los avances conseguidos. Es como darse contra un muro; como si el enemigo al que se creía vencido cobrase nuevas fuerzas. En Ifakara, los investigadores tratan de desentrañar el misterio por el cual más del 10% de los habitantes del valle del Kilombero siguen teniendo agentes patógenos en la sangre aunque duerman al abrigo de las mosquiteras. “Si partimos de la idea de que los mosquitos anófeles solo pican de noche, es sorprendente que, a pesar de todo, haya aún tanta malaria”, reflexiona Fredros Okumu, director científico del IHI.

Okumu intenta descubrir las causas de esta resistencia con la colaboración de los habitantes del valle, que, a cambio de una pequeña retribución, buscan sitios donde haya más insectos de lo normal o hacen de señuelos humanos sentándose durante horas bajo una mosquitera a la que se han fijado varias trampas. Además, en el laboratorio del IHI, los científicos estudian cuántos mosquitos portan agentes patógenos si las hembras ya han picado y a qué especie concreta pertenecen.

Poco a poco, las piezas de este rompecabezas empiezan a formar una imagen que explican las causas de los casos de malaria que todavía se siguen produciendo. Hasta hace algunos años, nueve de cada 10 mosquitos pertenecían a la especie Gambiae sensu stricto. “Se trata de eficientes transmisores de la malaria que solo pican de noche en el interior de las casas”, explica Okumu. “En la actualidad, esta especie casi ha desaparecido, ya que, gracias a las mosquiteras, no consigue llegar a los seres humanos”.


Fredros Okumu en 'Mosquito City', donde se puede estudiar el comportamiento de los mosquitos en condiciones lo más parecidas posible a la realidad.ver fotogalería

Fredros Okumu en ‘Mosquito City’, donde se puede estudiar el comportamiento de los mosquitos en condiciones lo más parecidas posible a la realidad. Eliza Powell

En su lugar, han proliferado otras subespecies, sobre todo las Anopheles arabiensis y Anopheles funestus. Los investigadores del IHI las llaman las “Bruce Willis de los mosquitos anófeles” debido a que son sumamente flexibles, versátiles y, sobre todo, indestructibles. Cuando no consiguen pillar desprevenido a un ser humano, los mosquitos Anopheles arabiensis pican también a las gallinas o a las vacas. Los Anopheles funestus abundan menos, pero portan agentes patógenos más a menudo. Ambas especies empiezan su actividad al atardecer y la prolongan hasta la salida del sol. Los datos recopilados muestran con qué habilidad se han adaptado al ser humano. En Ifakara, su presencia alcanza un punto álgido entre las ocho y las nueve de la noche. Según las encuestas, la mayoría de los habitantes de la ciudad se van a la cama donde están protegidos de las picaduras entre las nueve y las 10. A las cinco de la mañana, la hora a la que mucha gente se levanta, los insectos aún están allí para atacar.

Los mosquitos son unos formidables maestros de la supervivencia, un ejemplo de éxito. Están presentes en todos los continentes excepto en la Antártida desde hace 100 millones de años. Presumiblemente, ya picaban a los dinosaurios. La velocidad a la que se suceden las generaciones entre dos y tres semanas y el elevado número de crías hasta 300 huevos por puesta los convierten en extremadamente adaptables.

Para erradicar por completo la malaria, tal como se ha propuesto Naciones Unidas de aquí a 2030, los seres humanos tienen que estar a salvo de las picaduras también fuera de sus camas y de sus casas. Sin embargo, ¿cómo conseguirlo en Tanzania, donde los ingresos medios mensuales son de 75 dólares? Si mucha gente no puede permitirse ni siquiera tener velas que les den algo de luz, no digamos ya repelentes de insectos como, por ejemplo, Autan. Y la opción de tener una casa más grande inaccesible a los mosquitos está totalmente fuera del alcance de agricultores como los de Ifakara.

“Si partimos de la idea de que los mosquitos anófeles solo pican de noche, es sorprendente que, a pesar de todo, haya aún tanta malaria”

En consecuencia, los investigadores del IHI están probando diversos métodos. Han instalado recipientes de cerámica vacíos que los mosquitos utilizan gustosos como refugio diurno. Estas vasijas se han tratado con piriproxifén, y los insectos que se posan en ellas lo transportan sin darse cuenta hasta los puntos de puesta de los huevos, donde la sustancia impide que las larvas se conviertan en ejemplares adultos. Las alfombrillas portátiles de sisal impregnadas en insecticida son bastante eficaces para mantener a los mosquitos a un radio de hasta cinco metros, y fabricarlas cuesta solo dos dólares. Las sandalias con el mismo tratamiento también ofrecen cierta protección.

Sin embargo, se trata de una carrera contrarreloj y contra la reacción de los insectos. “Cada vez es más frecuente que desarrollen resistencia a los insecticidas”, advierte Nancy Matowo, una investigadora que trabaja con Okumu. Según la OMS, en 60 de 96 países, los agentes transmisores se han vuelto insensibles a al menos a una categoría química. Etiopía, Sudán y Afganistán han comunicado incluso la presencia de mosquitos resistentes a los cuatro tipos de insecticidas disponibles.

“Por eso queríamos inventar un método que matase a los mosquitos de forma inmediata, sin insecticidas”, dice Matowo. El resultado es la llamada Mosquito Landing Box (caja de aterrizaje de los mosquitos, en inglés), una caja negra de madera con listones que dejan aberturas entre ellos. Pegadas a su cara interna se esconden unas rejillas electrificadas que Matowo y sus compañeros han conseguido desmontando matamoscas eléctricos baratos. Un ventilador esparce un reclamo con olor a sudor humano. Por ejemplo, a calcetines de nailon usados. “En cuanto entran en la caja, los mosquitos chocan con la rejilla electrificada y mueren”, explica Matow. Durante el día, la corriente la suministra una célula fotovoltaica que hay en la parte superior, y por la noche, una batería.

La trampa se puso a prueba por primera vez en Mosquito City, el área de experimentación del Instituto de Salud de Ifakara. En los enormes invernaderos hay charcos, bananos y cabañas con espacios para dormir que imitan los territorios de caza de los insectos.

Los resultados son muy prometedores. Según las primeras conclusiones, una de estas cajas reduce el número de mosquitos preparados para picar a una fracción mínima. Arnold Mmbando, compañero de Matowo, ya está trabajando en el perfeccionamiento del sistema. La idea es que, primero, una sustancia con un olor repelente aleje a los mosquitos de la gente. En el lugar a donde se dirijan los estará esperando la caja, que los atraerá y los matará.

Okumu, el director del IHI, está convencido de que hacen falta esta clase de técnicas para erradicar la malaria. Cree que, en la siguiente fase de la lucha, probablemente ya no se tratará de llevar a cabo grandes intervenciones a escala nacional. En su lugar, cada región necesitará una estrategia propia diseñada a su medida para que, en la batalla contra los mosquitos, no sea el enemigo el único que se adapte.

Los republicanos lanzan su plan para acabar con el Obamacare

El mayor legado de Barack Obama empezó anoche su viaje al pasado. En una exhibición de poderío, los republicanos presentaron su esperado plan para desmontar la reforma sanitaria del presidente demócrata. Obsesionado con reducir gasto público, el proyecto conservador congela el programa para los más desfavorecidos (Medicaid), establece techos de gasto para los fondos federales, elimina los impuestos finalistas, y sustituye los subsidios públicos a los seguros sanitarios por desgravaciones fiscales. Un giro drástico, aunque no completo ni inmediato, que busca enterrar uno de los grandes avances sociales de las últimas décadas en Estados Unidos. “Es tiempo de acabar con la pesadilla”, tuiteó el presidente Donald Trump.

La demolición será controlada. Los intereses en juego son demasiados para una destrucción masiva. Primero, porque 22 millones de personas ya han contratado un seguro sanitario gracias al denominado Obamacare. Y segundo, porque una liquidación súbita de la fiscalidad que lo sustenta aumentaría el déficit federal en 353.000 millones de dólares en 10 años.

A este peligro se añade el miedo de los republicanos a arrasar las zonas de su electorado que se han beneficiado de la reforma. El mismo Donald Trump, beligerante en las redes, ha señalado una y otra vez en los debates que no quiere que nadie pierda la cobertura y siempre se ha mostrado evasivo a la hora de explicar cómo reformaría el sistema.

Los republicanos más moderados también muestran fuertes resistencias y algunos núcleos ya han hecho público que votarán contra cualquier plan que suponga una merma de los beneficios actuales. “La reforma no puede hacerse al coste de una disrupción en el cuidado sanitario de las personas más vulnerables y enfermas del país. Cualquier cambio en el Medicaid debe llevarse a cabo cumpliendo con sus necesidades”, han afirmado en una carta cuatro senadores conservadores.

Bajo este horizonte, los demócratas se aprestan a la batalla. Son minoría en ambas cámaras, pero saben que el tránsito será largo. El proyecto conservador debe ser revisado por dos comités antes de su aprobación por la Cámara de Representantes y luego ha de entrar en las hogueras del Senado. Son muchos meses de digestión e inmensas las sensibilidades las afectadas, lo que les dará tiempo para todo tipo de ataques.

En el bando republicano hay unanimidad en el deseo de poner fin a la reforma sanitaria de Obama. Pero no tanto en el camino a seguir. Los conservadores viven abrumados por la enorme deuda de Estados Unidos, superior a los 20 billones de dólares, e insisten en que el coste per cápita sanitario no ha hecho más que aumentar sin necesariamente mejorar la calidad. Para ellos están decididos a recortar en el gasto sanitario, que absorbe un 25% del presupuesto federal.

Lo que no han resuelto con precisión es cómo desmontar ese sistema que odian tanto sin que la población pierda sus prestaciones. Llevados por esta indefinición, el plan presentado huye de las cifras y ni siquiera calcula los costes y ahorros. Solo fija las líneas maestras, todas ellas muy generales y con ambigüedad suficiente como para contentar a todos los conservadores. En este afán, la nueva arquitectura mantiene con vida dos de las medidas más populares del Obamacare: los jóvenes podrán disfrutar de la cobertura sanitaria de sus padres hasta los 26 años; y las aseguradoras seguirán teniendo prohibido negar tratamiento o cobrar más a aquellas personas con problemas médicos previos.

Los cambios más profundos se dan en la clausura del sistema y sus fuentes de financiación. El desarrollo del Medicaid, el programa destinado a los más desfavorecidos, quedará congelado en 2020 y se establecerá un techo a los fondos federales. También se eliminarán los subsidios a los seguros sanitarios, que ahora se otorgan en función de la renta, y se sustituirán por desgravaciones fiscales y en algunos casos ayudas directas al usuario, variables según la edad. Los más ricos quedarán excluidos.

Otro aspecto sensible es la reversión de los impuestos asociados al Obamacare. Para el año que viene se pretende ponerles punto final y asimismo acabar con las actuales multas a empresas y personas que no contraten un seguro. Todo ello con la idea de que sea el usuario quien salga en busca de su cobertura sanitaria en vez de que se la proporcione el Estado. “Nuestra legislación transferirá el poder de Washington al pueblo americano”, afirmaron en un comunicado los republicanos.