Paul Gascoigne: la destrucción de un genio a cámara lenta

George Best, otro genio del fútbol con el que la botella hizo estragos, dijo cuando se sentía a punto de morir que su vida había tenido tres fases: “La primera transcurrió en campos de fútbol, la segunda en discotecas y bares, y la tercera en hospitales y clínicas. Ahora veo que ya no habrá una cuarta”. Paul Gascoigne está a punto de cumplir 50 años y lleva ya dos décadas instalado en un punto intermedio entre la segunda y la tercera fase.

El fútbol, único hilo conductor que le dio a su vida una cierta coherencia, se acabó para Paul Gascoigne (Gateshead, cerca de Newcastle, 27 de mayo de 1967) en otoño de 2004. Colgó las botas en el Boston United, ya con un notable sobrepeso y una creciente dependencia del alcohol, tras un decadente periplo que le llevó a arrastrarse por las ligas china y estadounidense y las divisiones inferiores del fútbol inglés.

“Tiene un entorno tóxico y depredador, de gente que intenta ganar dinero a sus expensas sin preocuparse por sus verdaderas necesidades personales y afectivas” 

Cinco años antes, había derramado las últimas gotas de su inmenso talento futbolístico en Escocia, con el Glasgow Rangers, y en el Middlesbrough inglés, últimos destinos en los que fue más o menos capaz de estar a la altura de sí mismo. “Desde que se retiró hasta ahora su decadencia es infinita. Cada nuevo episodio es un poco más bochornoso y sórdido que el anterior”, nos cuenta Charlie Moore, redactor del tabloide británico Daily Mirror.

Moore fue el encargado de glosar para su diario el último capítulo de esa decadencia del que se han publicado imágenes. Fue en julio de 2016. Un Gascoigne de aspecto frágil y demacrado fue retratado instantes después de que se bajase de un taxi cerca de su domicilio en Poole, Dorset (sur de Inglaterra). Llevaba puesta una bata de baño gris que no le cubría el torso tatuado ni la entrepierna.

Descalzo, con sangre en los nudillos y en la frente y un cigarrillo roto en la comisura de los labios, el exfutbolista se quedó plantado en el centro de la calzada hasta que un par de vecinos se acercaron a él para preguntarle si necesitaba ayuda. Gascoigne, en pleno estupor etílico, balbució que estaba bien, que solo había salido “a comprar ginebra y tabaco”. Las fotos, reproducidas por medios de comunicación de todo el mundo, son el más elocuente testimonio del profundo pozo en que ha caído este hombre, que lleva gran parte de su vida desmoronándose en público a cámara lenta.

No hay imágenes, pero sí testimonios presenciales y crónicas periodísticas, del último incidente hasta la fecha en que se vio involucrado el exjugador, el 27 de diciembre del año pasado. Ese día, Gascoigne acabó ingresado en un hospital del este de Londres con fractura de cráneo y varios dedos rotos tras ser golpeado y arrojado por la escalera de servicio de un hotel de Shoreditch (Londres) por dos huéspedes a los que, según diversos testigos, había dedicado insultos racistas. Pocos días después, su portavoz oficial hizo público que Paul Gascoigne “odia ser un alcohólico” y se está esforzando por superar su adicción y llevar “una vida normal”.

Paul Gascoigne celebra con Teddy Sheringham el famoso gol que le marcó a Escocia en la Eurocopa del 96. Este gol fue votado como el mejor de la historia de Wembley.
Paul Gascoigne celebra con Teddy Sheringham el famoso gol que le marcó a Escocia en la Eurocopa del 96. Este gol fue votado como el mejor de la historia de Wembley. Cordon

Según Oriol Rodríguez, periodista y director del festival de documentales sobre fútbol Off-side, la de Gascoigne es la historia de “un juguete roto”, un “genio atormentado que nunca fue del todo consciente de los increíbles dones y oportunidades que le dio la vida y ha acabado desaprovechándolos”.

Rodríguez presentó Gascoigne, el documental sobre el futbolista inglés dirigido por Jane Preston, en la edición 2016 de su festival: “Intentamos traernos a Paul a España, a una mesa redonda sobre la película. Pero su representante, Terry Baker, nos pidió una cantidad desproporcionada de dinero. Alguien nos dijo que estaba seguro de que a él le hubiese gustado venir, porque una de las pocas cosas que le entusiasman a estas alturas es sentirse adulado y hablar del futbolista que fue con la gente que le admira. Pero el suyo sigue siendo un entorno tóxico y depredador, de gente que intenta ganar dinero a sus expensas sin preocuparse por sus verdaderas necesidades personales y afectivas”.

Ese entorno voraz se muestra en Gascoigne, la película, tal y como recuerda el propio Rodríguez: “Lo primero que hizo Paul tras fichar por el Tottenham, en 1988, fue comprarle una casa a todos sus familiares. Su hermana cogió las llaves, pero ni siquiera le dio las gracias y siguió sin hablarle”. Otro de los que conoce bien la historia es el periodista deportivo Aitor Laguna, director de la revista Panenka: “Para entender los problemas personales de Paul Gascoigne hay que remontarse a su infancia, que es la de un chaval de clase obrera crecido en un suburbio de Newcastle, con un padre ausente y el recuerdo traumático de desgracias como la muerte de su amigo Steven Spraggon, que fue atropellado por un coche en un accidente del que Paul fue testigo”.

“Gascoigne cayó en el alcoholismo porque era una persona emocionalmente frágil y de un carácter compulsivo”

“El alcohol fue para él, desde los 14 años, la válvula de escape básica para abstraerse de un entorno complicado”, opina Laguna. Según el periodista y autor de varios libros sobre fútbol Paco Gisbert, “Gascoigne fue una víctima de la cultura del fútbol inglés de mediados de los 80, el contexto en que debutó y en el que se convirtió en una estrella. Por entonces, había una amplia tolerancia al consumo de alcohol y seguían vigentes costumbres como el llamado tercer tiempo, que básicamente consistía en una borrachera colectiva tras los partidos. Incluso entrenadores tan metódicos y de mentalidad tan moderna como Brian Clough [campeón de liga inglesa y de la Copa de Europa con el Nottingham Forest] aceptaban esta cultura etílica como parte del juego”.

“En el fútbol inglés de los 80 y 90 hay varios ejemplos de futbolistas alcohólicos o adictos a otras sustancias”, añade Laguna, “de Paul Merson a Tony Adams, pero es evidente que son casos aislados. La inmensa mayoría no cruzaron la barrera que separa al bebedor social del adicto. Gascoigne cayó en el alcoholismo porque era una persona emocionalmente frágil y de un carácter compulsivo”. En la primera de las biografías que ha publicado, Gazza: My Story, el propio futbolista reconoce esa tendencia a desarrollar adicciones y desórdenes de conducta que está en la base de su carácter, desde los episodios de cleptomanía, la adicción a los videojuegos, la bulimia o el rascado compulsivo (entre los 11 y los 17 años se rascaba la piel hasta hacerse ronchas) de su infancia y adolescencia al posterior consumo desmesurado de alcohol, cocaína, tranquilizantes y comida basura que ha caracterizado su vida adulta.

Paul Gascoigne y Paul Merson celebran un triunfo del Middlesbrough en el vestuario, en 1998.
Paul Gascoigne y Paul Merson celebran un triunfo del Middlesbrough en el vestuario, en 1998. Getty

“Gascoigne, además”, añade Rodríguez, “sufre ataques de ansiedad y un trastorno bipolar diagnosticado contra el que la bebida le ha servido de placebo. Él mismo ha contado en varias ocasiones que, tras hacer una primera mitad miserable en un partido con el Glasgow Rangers, se escondió en un rincón del vestuario para tomarse varios vasos de whisky con el permiso tácito de su entrenador. En la segunda mitad, jugó a un nivel altísimo y metió tres goles, lo que acabó de reforzar en él la creencia supersticiosa de que necesitaba el alcohol para controlar su ansiedad y darle rienda suelta a su talento”.

Un talento, según resalta Gisbert, que fue sin duda extraordinario: “Creo que estamos hablando del mejor futbolista inglés desde Bobby Charlton”. Laguna precisa que “era uno de los contados jugadores de muy alto nivel técnico en el océano físico que fue el fútbol inglés anterior a la Premier [1992], en el que imperaba la patada a seguir”. En ese ecosistema de fútbol racial y primitivo, Gascoigne irrumpe en primavera de 1985, con 17 años, tras proclamarse campeón de la FA Cup Juvenil con el Newcastle, en un partido en que golearon al Watford (4 a 1) en Vicarage Road con dos goles suyos, el segundo de ellos un primoroso derechazo a la escuadra.

Pocos días después, el 13 de abril del 85, debutaba con el primer equipo del Newcastle en un partido ganado por 1 a 0 al Queens Park Rangers. En cuestión de semanas, el joven Gazza, como se le conocerá muy pronto, empieza a jugar en Primera División. Centrocampista ofensivo de gran creatividad y excepcional regate, destacaba ya por entonces por su mala cabeza y su tendencia a tomar pésimas decisiones dentro y fuera de la cancha. Uno de sus primeros entrenadores le describió como “un George Best sin cerebro”. Un tipo con simpatía y carisma, con música y dinamita en los pies, pero capaz también de hacerse expulsar por una chiquillada (una burla al árbitro, una patada alevosa a destiempo) o pelearse incluso con sus compañeros de equipo.

“Desde que se retiró su decadencia es infinita. Cada nuevo episodio es un poco más bochornoso y sórdido que el anterior”

Para Laguna, “en el fútbol inglés de la época había hooligans de clase obrera en las gradas y futbolistas muy agresivos y árbitros mediocres que no protegían el talento en las canchas”. En semejante contexto, el joven Gascoigne tuvo que curtirse. En un mítico partido de 1989, Vinnie Jones, brutal centrocampista defensivo del Wimbledon, se encargó de contribuir a su proceso de endurecimiento castigándole los tobillos con saña e incluso retorciéndole los testículos en una imagen que dio la vuelta al mundo. “Soy un gitano, gano mucho dinero y te voy a arrancar la oreja con los dientes, gordo. Fuera de campo estás a salvo, pero aquí estamos solos tú y yo”, le dijo Jones poco antes de esa agresión alevosa, inmortalizada por los fotógrafos pero ignorada por el árbitro. Tras el partido, Gascoigne le mandó a Vinnie un ramo de flores, en un gesto irónico que sirvió para que el poeta del balón de Newcastle y el rudo fajador galés se hiciesen buenos amigos.

“No hay duda de que fue mejor que Kevin Keegan o David Beckham, por citar a dos jugadores ingleses de muy alto nivel de las últimas décadas. Pero le tocó ser un genio en un erial, un jugador fuera de contexto en una época en que el fútbol inglés estaba sufriendo una regresión alarmante”, señala el director de Panenka.

Portada del tabloide 'Daily Mirror' de 2014 de uno de los incidentes de Gascoigne con la policía. El titular es: 'Gazza: ayúdame, tengo problemas'.
Portada del tabloide ‘Daily Mirror’ de 2014 de uno de los incidentes de Gascoigne con la policía. El titular es: ‘Gazza: ayúdame, tengo problemas’.

El Tottenham de Terry Venables y la selección inglesa de Sir Bobby Robson conocieron su mejor versión, pero los grandes títulos se le resistieron. No ganó la liga con unos Hotspurs que, bajo su batuta, practicaron un fútbol de muy alto nivel entre 1988 y 1992 y también se le escurrió el Mundial de Italia de 1990, con esa derrota contra Alemania en la tanda de penaltis que dio pie a la resignada frase de Gary Lineker: “El fútbol es un deporte en el que juegan 11 contra 11 y siempre acaba ganando Alemania”.

A aquel partido de semifinales, jugado por él con una intensidad frenética, corresponde también una de las imágenes más icónicas de Gascoigne, la de sus lágrimas tras ver la tarjeta amarilla que le hubiese impedido jugar la final en caso de que Inglaterra se hubiese clasificado para ella. “Sus fans ingleses se enamoraron de esa imagen, vieron en ella un gesto conmovedor de amor a los colores”, cuenta Gisbert, “pero yo creo que no es más que otro síntoma de la mala cabeza que siempre ha tenido Gascoigne, porque fue una tarjeta innecesaria en un momento en que había mucho en juego y lo principal era actuar con sensatez y cabeza fría”.

Aquel Gascoigne en plenitud, el ídolo nacional que el fútbol de su país pedía a gritos, decidió hacer las maletas en 1991 e irse a jugar a la liga italiana, a la Lazio. Lo hizo por ambición y por dinero. Pero no cuajó. A partir de ahí, según cuenta Laguna, “su carrera conoció dos cantos del cisne: en la Eurocopa de 1996, en la que jugó a muy alto nivel y volvió a perder una semifinal contra Alemania, y en el Glasgow Rangers”, club escocés del que fue auténtico ídolo entre 1995 y 1998. Por entonces, ya se había casado con su novia de toda la vida, Sheryl Failes, de la que se acabaría divorciando en 1999, tras varios episodios de violencia doméstica reconocidos por él y relatados por ella en su libro de memorias My life surviving Gazza.

Después de un primer tiempo malo con el Glasgow Rangers, se escondió en un rincón del vestuario para tomarse varios vasos de whisky. En la segunda mitad, metió tres goles

El Gascoigne errático de los años posteriores, ya sin fútbol al que aferrarse, sufrió traumas como la muerte accidental de un amigo durante una noche de juerga desbocada en la que él participó, ataques de ansiedad cada vez más frecuentes, varios tratamientos de desintoxicación fallidos (uno de ellos, en 2013, pagado con 50.000 euros por los jugadores de la selección inglesa) y toda una costelación de denuncias, problemas y grandes y pequeños escándalos. Desde episodios de acoso a antiguas novias a agresiones a periodistas e insultos racistas a porteros de discotecas. Tuvo un hijo con su exmujer, Regan Paul, y es el padre adoptivo de dos hijos más que tuvo ella fuera del matrimonio. Una de ellos es Bianca Gascoigne, una modelo bastante famosa por participar en realities.

Para Rodríguez, Paul Gascoigne “pertenece a la estirpe de los bad boys del fútbol, de los Balotelli o los Maradona, y aunque eso le dé un aura de maldito que puede resultar incluso atractiva, lo cierto es que el suyo es un caso digno de lástima, una tragedia personal de la que él es la principal víctima”. El director de Off-side remata con una frase lapidaria: “Espero que no tengamos que leer pronto la noticia de su muerte prematura”.

George Best decía que le hubiese gustado poder disfrutar de una cuarta fase en su vida para pasarla en casa con su familia, alejado del fútbol, de los bares y de los hospitales. Paul Gascoigne aún está en la tercera fase, luchando por ganarse el derecho a disfrutar de la cuarta.

‘El Guardaespaldas’ | La responsabilidad de los canguros

Quizá acabáis de pintar vuestro piso, habéis comprado un coche que huele a nuevo o te has gastado 700 eurazos en el último iPhone. Pues seguro que durante las primeros semanas vas con un cuidado excesivo, para que todo siga perfecto e inmaculado.

Pues ese es el mismo sentimiento que tenemos los primerizos.

Con las únicas diferencias de que nos preocupamos por un ser vivo al que queremos más que a nadie y que la angustia dura para siempre.

Pero como estar todo el día pegado a tu hijo es casi imposible (y a partir de cierta edad, igual acabáis como en Carrie) tarde o temprano necesitarás canguros.

Si son familiares ya te ahorras pedir referencias y contratar detectives para mirar antecedentes (o la versión low cost, que es buscar a las canguros en Facebook para ver si tienen fotos haciendo locuras). Si son tus padres o suegros, la referencia eres tú o tu pareja. Si estáis vivos eso da automáticamente un aprobado, y si no tenéis traumas ni mucho colesterol, ya sube a notable alto.

Si son de fuera de la familia, deja el dvd de Venganza de Liam Neeson en el mueble de la entrada, para que recuerden que tienes unas habilidades que pueden ser una pesadilla.

Cuando has elegido a tu equipo de canguros, porque según vuestros compromisos laborales y horarios de guardería necesitaréis al menos un par por si el titular falla, empieza la fase más dura: la confianza. A la hora de vender la moto, todo el mundo es muy válido, pero ¿realmente harán de Kevin Costner y serán los mejores guardaespaldas del mundo?

Si te fías de alguien tanto como para dejarle a tu criatura, no puedes ir comprobando el WhatsApp o llamando cada cinco minutos para que te informen. Es que esto no creo ni que lo hagan los negociadores en un secuestro. Piensa que mejor que estén por tu hijo que por el móvil.

Por otra parte, los canguros también tenéis que entendernos a los padres. Si en las casas de alquiler cuando devuelves un coche lo comprueban todo, es natural que cuando te traen la criatura la inspecciones por encima a ver si tiene golpes, pañal cagado o signos de hipotermia.

Si el canguro está delante no se puede protestar demasiado, sobre todo si lo vas a necesitar más días, y hay que limitarse a poner caras y soltar murmullos de técnico de ITV. Bastante pesa la responsabilidad de cuidar de un ser vivo y si ha pasado algún percance estarán más asustados que tú y no volverá a repetirse.

Lo importante es la cara de felicidad de tu peque. Si podemos marcar eso en la lista, lo otro es pasajero.

Así que dale las gracias o la pasta acordada al canguro (o ten algún detalle con los familiares) y después disfruta de tu retoño hasta que se duerma.

Y sólo entonces revisa las grabaciones de la cámara oculta en el peluche.

Más de 3.000 catalanas están en espera para una fecundación in vitro

Los cambios en los modelos familiares y el retraso de la maternidad mantienen en auge las técnicas de reproducción asistida. La demanda de estas prestaciones, recogidas en la cartera de servicios, es cada vez mayor y la lista de espera en la red pública sigue al alza. A diciembre de 2016, 3.016 mujeres aguardaban para someterse a un tratamiento de fecundación in vitro, la técnica de reproducción asistida más común, que permite fecundar un óvulo con un espermatozoide —ya sean propios o de donantes— en el laboratorio.

La lista de espera ha crecido un 7,5% en un año: en diciembre de 2015, eran 2.801. Y la demanda, lejos de bajar, tiende a crecer. El pasado julio además, la Generalitat universalizó el acceso a las técnicas de reproducción asistida a todas las mujeres, sea cual sea su orientación sexual, su estado clínico (si son fértiles o no) o de su situación afectiva (solas con pareja). Antes se limitaba a heterosexuales, con pareja y problemas de fertilidad.

Con todo, lo que sí ha mejorado es el tiempo de espera medio, que ha pasado de 22 meses a 15,4. Según una respuesta parlamentaria del consejero de Salud, Toni Comín, hay una fuerte variabilidad en las demoras según el hospital de referencia. Así, aunque el tiempo de espera medio en Cataluña es de 15,4 meses, la demora en el Josep Trueta de Girona es de 6,49 meses, mientras que en la Fundación Puigvert es de 10 meses. Los tiempos de espera en el hospital Clínic alcanzan, de media, los 13 meses y en Vall d’Hebron, donde se registran los mayores retrasos, las mujeres que quieren someterse a una fecundación in vitro tardan unos 25 meses de media en ser atendidas.

“Esas esperas no son aceptables en términos clínicos porque cuanto más tiempo pierdan es peor”, señala el doctor Pedro N. Barri, director del centro Salud de la Mujer Dexeus. El médico dirige uno de los centros privados de reproducción asistida con más volumen de pacientes. Según los expertos, el sector privado acumula el grueso de la demanda en reproducción asistida (alrededor del 80%).

Según Barri, el perfil de las mujeres que recurren a técnicas de reproducción asistida ha cambiado en los últimos 20 años y cada vez se retrasa más la edad para ser madre. De ahí que el facultativo alerte sobre el riesgo de mantener a las pacientes mucho tiempo en lista de espera. “Una edad materna avanzada también aumenta el riesgo de que sufran complicaciones durante la gestación y el parto”, señala el médico, que aboga por desplegar una vía de colaboración público-privada para “facilitar la equidad de acceso”.

Más de la mitad de las mujeres que recurren a la fecundación in vitro superan los 40 años

Según un estudio realizado por Salud de la Mujer Dexeus a partir de su propio registro histórico de pacientes (desde 1995), el perfil de los solicitantes de reproducción asistida ha mutado. “Hace 20 años eran un hombre y una mujer de 30 años que tenían problemas de fertilidad. Hoy el modelo de familia ha cambiado y también hay familas monoparentales y homosexuales. Además, la edad de la mujer ha ido avanzando”, señala Barri. Según su estudio, extrapolable al conjunto de la población, la edad media de las pacientes ha pasado de 35 a 39 años desde 1995. Más de la mitad de ellas, de hecho, ya supera los 40 años.

A partir de esa edad, el riesgo de aborto aumenta (es del 40%) y también las anomalías cromosómicas (se registran en un 50% de los óvulos). Por ello, los médicos realizan cada vez más técnicas de diagnóstico genético para descartar mutaciones o malformaciones que puedan afectar al feto.

Otra característica del nuevo perfil de pacientes, y que está íntimamente vinculada al aumento en la edad de inicio del tratamiento, es la infertilidad. “Un elevado porcentaje padece una esterilidad por problemas asociados a su edad avanzada.”, sostiene Barri, que augura que los problemas de fertilidad seguirán incrementándose en los próximos años, y no solo por cuestiones sociales como el retraso en la edad de la maternidad, sino también por elementos ambientales, como la polución. Un 40% de los tratamientos de fecundación in vitro que se hacen requieren óvulos de una donante, mientras que hace 15 años, la ovodonación solo se realizaba en el 4% de los casos.

Para preservar la fertilidad, se ha disparado la demanda de una nueva técnica: la congelación de óvulos. En los últimos cinco años, la demanda se ha multiplicado por 10. “Es una técnica muy eficaz. Empezó ofreciéndose a pacientes jóvenes con tumores que tenían que someterse a quimioterapia y querían preservar la calidad de sus óvulos. Pero ahora se ha extendido a todas las mujeres”, señala Barri.

La ciudad de los escombros

En la mayor parte de los 14,5 kilómetros lineales que conforman la Cañada Real, que atraviesa los términos municipales de Madrid, Coslada y Rivas Vaciamadrid, las condiciones de vida son infrahumanas. Hay 2.537 casas y viven 7.283 personas, 2.500 de ellos niños, según un censo presentado por la Comunidad en enero. La mayoría de los vecinos son de etnia gitana, pero también hay muchos rumanos. Solo el sector 1, la primera zona ocupada en los años cincuenta del pasado siglo, cuenta con unas buenas condiciones mínimas de habitabilidad. De hecho, allí se levantan hoy majestuosas viviendas. El resto de zonas se fueron poblando en los años sucesivos y ahora son un avispero de almas que conviven con mugre y caminos de tierra. Solo el sector 6, en el que habitan 2.953 personas, está alquitranado, aunque existen infinidad de baches. El camino que pasa por allí lleva hasta el vertedero de Valdemingómez. El hedor penetra hasta la zona de las viviendas. O lo que queda de ellas.

“La policía llegó un día buscando droga, nos detuvo y, mientras estábamos en comisaría, derribaron nuestra casa”, asegura Isidoro, un desempleado de 29 años. “Debajo de esos escombros está nuestra ropa, los muebles y un plasma”, insiste. Como otros muchos vecinos, volvió a construir su hogar hace tres años al lado de los ladrillos apilados. Lo hizo con ligeras chapas grisáceas amarradas con alambre y uralita en el techo. Los materiales los encontró en la basura. En la chabola, de apenas 20 metros cuadrados, conviven ocho personas. La superpoblación es habitual en las residencias de la zona.

Junto a Isidoro viven su mujer Raquel, de 28 años, y los cuatro hijos del matrimonio, de entre 12 y tres años, que tienen que hacer varios kilómetros en autobús cada día para ir al colegio. También conviven dos hermanas de Isidoro, discapacitadas intelectuales, y por las que reciben el único dinero que entra en la casa. “No puedo buscarme la vida porque está prohibido hasta recoger chatarra”, protesta Isidoro.

Sin intimidad

Hay varios coches nuevos aparcados en la puerta de la casa. Contrasta con el interior, que es muy humilde: las paredes tienen un llamativo verde pistacho y solo existen dos habitaciones separadas por un tabique. A un lado, el baño; al otro el salón, en cuyo suelo extienden unos colchones para dormir. “No tenemos intimidad de pareja. Para hacer el amor tenemos que llevar los niños con mis padres”, ironiza Raquel. Un cuadro de la virgen preside la estancia principal. Hay también un televisor, un pequeño frigorífico, un hornillo, un sofá y dos sillas, una con el respaldo roto. En la nevera, abundante carne, unos huevos y leche de marca blanca.

“Si esta gente vendiera droga, se podría permitir vivir en otras circunstancias”, asegura Juan José Escribano, presidente de la Asociación de la Colonización de la Cañada. El colectivo fue creado en 1983 y cuenta con 1.500 socios que no pagan cuota. Explica que hasta la luz está enganchada de forma ilegal: “Joaquín Leguina [presidente regional entre 1983 y 1995] prohibió a las compañías prestarnos servicio para evitar así que se adquiriesen más derechos sobre las casas”, justifica.

Un hombre barre la calle en la Cañada Real.
Un hombre barre la calle en la Cañada Real. SANTI BURGOS

Escribano llegó a la zona en 1977 porque estaba “abandonada”. Narra que construyó una casa y que comenzó a pagar impuestos en los ochenta. Muestra un recibo del IBI que no está a su nombre. Escribano, cuyos negocios en la zona durante todos estos años han tenido en varias ocasiones problemas con la justicia —la policía le cerró una granja porcina ilegal en los años noventa y fue denunciado por gestionar un gigantesco vertedero ilegal que se quemó en verano de 2015—, asegura que el objetivo de la asociación es que el Ayuntamiento no derribe más casas. “Terminar con la droga solo es una excusa para demoler viviendas. Solicitan una orden de registro y detienen a la gente. Si no encuentran nada, inventan algo y se los llevan. Y así aprovechan para derribar las viviendas con todo dentro. No digo que no castiguen a quien vende droga, pero que dejen las casas en paz”, recalca Escribano.

Afecciones urbanísticas

El presidente de la asociación de vecinos calcula que desde 2011 han sido derribadas en el sector 6 más de 300 casas, el 70% de las que había, y que han perdido más de 80 millones de euros, montante que van a reclamar al Ayuntamientocomo indemnización. Tiene el apoyo de sus vecinos, según denota los saludos afectuosos que recibe por sus encharcados caminos. Este periódico intentó, sin éxito, ciontactar con el comisionado para la Cañada Real del Ayuntamiento de Madrid, sin embargo, el Consistorio aseguró hace unos meses que “no está derribando viviendas ni ha dejado en la calle a nadie por un derribo”. Las demoliciones son por orden judicial, fruto de denuncias policiales por tráfico de drogas, añadieron fuentes municipales. 

En todo caso, un informe realizado por la Comunidad sostiene que el 75% de las viviendas de la Cañada presentan afecciones urbanísticas, por estar construidas en dominio público hidráulico, bajo líneas de alta tensión o soportar mucho ruido.

Poco antes de llegar a la calle de Francisco Álvarez, donde dos jóvenes hacen guardia en una casa de puerta negra estrecha, punto de venta de la droga, un nutrido grupo comparte confidencias alrededor de una hoguera. Aseguran que la zona antes estaba más limpia, pero que ahora no hay limpieza viaria, que solo recogen la basura una vez a la semana y que ni siquiera existe servicio postal. Uno de los que se lamenta es Emilio Jiménez, de 46 años: “No tenemos ni para comer, por eso he pedido una ayuda”. En el sector 6, el 10% de sus habitantes, 299 personas, perciben la Renta Mínima de Inserción (RMI). A pesar de las penurias, Emilio sostiene: “Solo queremos que nos dejen en paz. Que no nos obliguen a tener que dar una patada a la puerta de una casa en Vallecas para ocuparla”.

Chatarreros cerca del sector 6 de la Cañada Real.
Chatarreros cerca del sector 6 de la Cañada Real. SANTI BURGOS

Mientras un numeroso grupo de niños corretea alrededor de las ascuas, José, de 26 años, afirma que la actitud de la policía va a desembocar en “una guerra”. Cuenta que él se dedica a la venta ambulante que, junto a la búsqueda de chatarra, es la profesión más extendida aquí. Su sueño era ser futbolista, pero hasta debió dejar la escuela en 2º de la ESO por las necesidades familiares. Aquí los pequeños crecen con muchas necesidades y hasta voluntarios del Colegio de Odontólogos de Madrid han tenido que tratarles los problemas bucodentales. También se hacen mayores antes de tiempo. Es el caso de Carmen, que a sus 15 años ya lleva cinco meses casada con José, de 18. Por el momento no quieren hijos, aunque aquí es una práctica habitual tenerlos pronto. “Sería condenarlos a una vida de miseria y de incertidumbre, porque no sabemos si mañana viviremos debajo de un puente”.

El Instituto Valenciano de Infertilidad aplica el ‘big data’ para conseguir el embarazo

El Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI) ha abierto el campo de la bioinformática a la reproducción asistida. Una de las investigaciones más relevantes que está llevando a cabo en estos momentos se dirige a la personalización de los tratamientos utilizando el big data. “Se basa en el análisis matemático de los millones de datos de la información clínica que tenemos para crear perfiles genéticos que permitan ajustar tratamientos y mejorar resultados. Responder al porqué a un paciente con un determinado perfil le conviene más un tipo de tratamiento que otro e identificarlos” explica Nicolás Garrido, director de la fundación de Investigación IVI. Es un estudio pionero en este ámbito que se ha puesto en marcha en febrero de este año. Los investigadores del centro valenciano, en colaboración con la Universidad de Granada, están realizando un perfil genético masivo de hombres que no tienen esperma para evaluar genéricamente que alteración tienen.

La fundación cumple 20 años y lo hace trabajando en más de 300 proyectos que abarcan todos los ámbitos de la reproducción asistida. Algunos tan avanzados como el de la biología de las células madre y la ingeniería tisular. Una de las investigaciones más punteras consiste en descelulalizar y recelularizar el útero para evitar acudir a la subrogación. “Extraemos el órgano como un molde, lo lavas con detergentes especiales y te quedas con la estructura para rellenarla con células madre que has derivado en células de endometrio”, explica Irene Cervelló, investigadora del proyecto. “El objetivo es evitar el rechazo del órgano al ser células de la propia paciente”. De momento se han conseguido buenos resultados en animales, y en un par de semanas publican la investigación en la revista especializada Biology of Reproducction.

Desde 2006 los científicos trabajan en producir óvulos y espermatozoides partiendo de células madre. Es otro de las investigaciones abiertas. En el caso del grupo IVI, casi la mitad de las parejas que acuden con problemas para la reproducción requieren de una donación. “ En el centro pensamos que con las donaciones no estamos solucionando el problema, lo estamos parcheando”. La mejor opción es que sea el propio paciente quien genere el óvulo o los espermatozoides, apunta Garrido, “ es a largo plazo porque nos encontramos con dificultades técnicas infinitas”. Hay un grupo japones, el más importante en este campo, que han conseguido generar gametos en ratones y conseguir una prole sana, “ nosotros estamos con los primeros experimentos”, puntualiza Irene Cervelló.

La fundación funciona como una clínica más del grupo IVI. Tiene un núcleo central en el parque científico de Paterna, desde donde se computa y se gestiona los proyectos. “Se orienta, se obtienen recursos de uso común y donde se tiene toda la infraestructura al servicio de cualquier investigador que trabaje en cualquier de nuestras clínicas del mundo” explica su director. La idea principal que rige este organización es que cualquiera de sus trabajadores con perfil biomédico, entre 600 o 700 trabajadores, es investigador en potencia “ con lo cual tocamos el ámbito de la medicina, la farmacia, la informática, la psicología en la reproducción, la enfermería, la biotecnología, la bioquímica, incluso la veterinaria. Toda la actividad asociada directa o indirectamente a las técnicas de reproducción asistida”, señala el responsable del centro de investigación.

Entre los avances médicos que estos años han salido de la fundación encontramos la validación de la vitrificación de óvulos, el incremento en la receptividad del endometrio, el diseño de técnicas de selección embrionaria con Time-lapse, y el desarrollo de test genéticos para determinar 600 enfermedades genéticas evitables.